El presidente Zapatero ha
iniciado sus vacaciones. Menorca ha sido el
lugar elegido. La historia se repite. Desde
que Felipe González pasó varios
veranos en el chalet de Pere
Nicolau, en Sa Mola de Andratx -donde
Guerra metió un invierno la pata
hasta el corvejón- y que fueron
recompensados con un aeropuerto, los
presidentes del gobierno de España, con lo
grande que es el país, han elegido
Baleares. Curioso, ciertamente. Sin duda
cosas del mimetismo.
Zapatero este
año residirá en Menorca en una finca, un
lloc, llamado Santa Bárbara. Aunque
sea hombre de tierra adentro, de secano,
navegará. Leerá autores leoneses, como
prueba de amplitud de miras literarias, y
será debidamente molestado por una rendida
militancia. ¿Pero no había cambiado España
de presidente? Porque excepto en las
querencias literarias, si las vacaciones de
ZP no se parecen como dos gotas de agua a
las vacaciones de Aznar que venga
Dios y lo diga.
Hay cosas en las
vacaciones de nuestros presidentes que
todavía no se han sacudido los tics
franquistas, y no se dice sólo porque a
González se le ocurriera salir a navegar
con el Azor del dictador -un bien de Estado
a bordo de otro bien de Estado- sino porque
distan mucho de producirse todavía con una
normalidad propia de las democracias
consolidadas. Austria, sin ir más
lejos.
El canciller Bruno
Kreisky, un hombre de inmenso prestigio
político, poseía un modesto chalecito en la
Costa d'en Blanes y en el pasaba sus
vacaciones sin mayor boato. Su sucesor,
cuyo nombre ni siquiera recuerdan los
mallorquines, viajaba a la isla en chárter
y se alojaba en un hotel de tres estrellas,
como la mayoría de sus compatriotas. Y
paseaba junto al mar con sandalias y mambo
floreado.
Nuestros presidentes viajan
en avión oficial, les buscan lugares
seguros, lo cual parece ahora lo único
justificable, ponen a su disposición todo
lo que les apetezca, y les dan, en unos
desplazamientos que son privados,
tratamiento oficial. Toda una confusión
entre lo público y lo privado que no parece
muy propia de una democracia o sea.
Las vacaciones de los presidentes del
gobierno, desde González a Aznar y ahora
las de Zapatero, son una actividad privada,
y excepto velar por su seguridad, todo lo
demás debería correr por su cuenta, porque
son, independientemente de su rango, un
ciudadano mas. En justa correspondencia,
habría que dejarlos también disfrutar sus
vacaciones en paz y no importunarlos con
tonterías, como MAM, por ejemplo. Hay que
ser un poco masocas para querer veranear
así.