P. A.
PALMA.- Cuenta la leyenda
que Filípides fue el corredor elegido que
llevó la noticia de la victoria griega
sobre los persas en la batalla de Marathon
en el 409 a.c. El cartero gritó al
llegar a Atenas: «¡Alegraos, hemos
vencido!». Dicho esto, cayó muerto de
cansancio. En sentido literal. La historia
tardó cerca de 600 años en ser contada. Fue
en el siglo II de nuestra era, cuando pasó
a ser escrita.
Pero la historia de la
maratón no ha sido tan dramática. En los
antiguos Juegos Olímpicos, la carrera más
larga constaba de 4.614 metros, frente a
los 42,195 hoy vigentes desde los Juegos de
1924. Una de las imágenes más recientes de
la historia maratoniana fue la agónica
llegada de Gabriele Andersen-Scheiss,
representante de Suiza, en las Olimpiadas
de Los Angeles ' 84. Los últimos 400 metros
los recorrió exhausta, desestimando la
ayuda médica, en un tiempo de cinco minutos
y 44 segundos.
Después de esta
imagen, la normativa del martón cambió. Y
de la prohibición de recibir asistencia en
carrera se pasó a que un médico pudiera
analizar el estado del corredor para
determinar si puede continuar o no,
circunstancia que antes suponía la
automática descalificación del atleta y que
ahora se ha impuesto para evitar imágenes
como la protagonizada por Gabriele. O como
ejemplo más cercano, el de Eva Sanz, que
después del impresionante esfuerzo optó por
atravesar a gatas la línea de meta para
concluir la carrera sin ser
descalificada.
Mejor suerte han
tenido los maratonianos históricos
españoles. En esta historia, dos nombres
propios: Abel Antón y Martín Fiz. El
palmarés de estos corredores les ha alzado
a la elite mundial, aunque ninguno de los
dos ha conseguido metales olímpicos. Y ya
se sabe, con un cuarto puesto como el
conseguido por Fiz en Atlanta, no entras en
la historia.