Los que nos dedicamos a esta bendita profesión tenemos un sexto sentido para detectar corruptos. A un periodista con tablas le sobra con diez minutos para sentenciar si el elemento que tiene ante sus narices es buena gente o no. Seguramente por eso desde el minuto cero de mi etapa en Palma tuve claro que Catalina Cirer es trigo limpio. Un tête-à-tête con la tan popular como popular alcaldesa sirve para certificar que pertenece a una especie en vías de extinción: la de los políticos honestos, la de los que están en esto para servir y no para servirse, la de los que te miran de frente porque no tienen nada que ocultar. Sobra decir por qué me he permitido la licencia de titular parafraseando el lema más vulnerado de la historia: el de los Cien años de honradez con el que el PSOE celebró su centenario en 1978. Catalina Cirer o 40 años de honradez.
La jefa de Palma es íntegra hasta la obsesión aunque, visto lo visto últimamente, mejor así. ¿A que no saben de dónde sale la pasta para financiar las comidas de trabajo o los regalos que se ve obligada a hacer por razón del cargo? Pues, aunque parezca increíble, y para desesperación de sus colaboradores, de su bolsillo. «Hombre, Cati, que no le quites una sola peseta al Ayuntamiento es lo suyo pero tampoco es cuestión de que le regales dinero...», le insistían cada dos por tres su mano derecha y su mano izquierda. Digo insistían porque hace tiempo que desistieron del intento al ver que la susodicha les hacía el mismo caso que Pasqual Maragall a José Luis Rodríguez Zapatero.
Los que se preguntaban si su bolsillo es de cristal salieron de dudas el 21 de enero pasado cuando, encomendándose a Dios y no al diablo como le aconsejaban algunos, abortó en menos de lo que canta un gallo la madre de todos los pelotazos: el que Bartolomé Tolo Cursach y su compadre Juan Tolo Seguí querían perpetrar en una finca pegadita a los terrenos sobre los que brotará el nuevo Son Dureta. Casualidades que tiene la vida.
Catalina Cirer hizo lo que tenía que hacer ante un pelotazo de ésos de manual. Y es que resulta que el dúo dinámico cerró la compra del solar diez días antes de que Govern y Ayuntamiento dijeran «allí irá» el nuevo superhospital de Palma. Más casualidades: uno de los técnicos municipales que bendijeron la recalificación es el padre de Juan Tolo Seguí.
Para medir la verdadera dimensión de este puñetazo en la mesa hay que tener presente quién estaba detrás del escenario. Pues, ni más ni menos, que su padre político, Gabriel Cañellas, el más influyente lobbista que hay por estos pagos. El ex president, alias El Conseguidor, desplegó sus mejores artes para que el Ayuntamiento diera el visto bueno a la operación de esas hermanitas de la caridad que son Tolo Cursach y Juan Tolo Seguí.
Catalina Cirer alcanzó la mayoría de edad política al cargarse de un plumazo el milagro de los panes y los peces que Los Tolos querían protagonizar en Son Cabrer. ¿Se le ocurre a alguien mejor lugar para abrir una residencia de ancianos que a escasos 30 metros del mayor centro sanitario de la historia de Baleares? Ni al más tonto del barrio se le escapa que los hospitales son los grandes suministradores de clientes de los asilos. ¿Quién no se ha topado en una clínica con un comercial de una residencia de la Tercera Edad cual buitre a la caza de presa?
Catalina Cirer demostró el 21 de enero dignidad, rectitud, valor y la independencia de los que no se casan con nadie. Un don celestial que es rara avis en estos tiempos que corren en los que el becerro de oro es el dios de moda. Que en toda esta historia había algo más que gato encerrado quedó definitivamente claro cuando nos enteramos que el pelotazo se había cocinado a espaldas de la alcaldesa y su concejal de Urbanismo.
Su entrada por la puerta grande de Cort provocó un terremoto en una institución manchada por la manga ancha del pasado, especialmente, en ese oscuro objeto del deseo que es la Concejalía de Urbanismo. Un área que hasta hace un año y diez días era un bazar en el que se mezclaban intereses públicos y privados como si tal cosa.
Sus regidores no han olvidado la primera arenga que les lanzó. «¡Al que meta la mano en la caja, se la corto!», exclamó, palabra arriba, palabra abajo, con su particularísimo timbre de voz. Los más de los concejales miraron al techo conteniendo la respiración, los menos se atrevieron a dar un codazo al de al lado tras el contundente aviso a navegantes, los de en medio se hacían los locos y alguno que otro echó la vista donde todos ustedes están pensando por el hilarante juego de palabras.
Los de en medio han vuelto a escena esta semana a cuenta del juicio del caso del juego. Lo de la presunta mordida presuntamente solicitada por el presunto José Manuel Sierra es para echarse a temblar. Ya saben: los 12 kilos que supuestamente exigió a un empresario del goloso negocio de las máquinas tragaperras -cliente de su despacho de abogados por aquel entonces- para desbloquear unas licencias. No me mojo... de momento porque se trata de la palabra de un individuo contra la palabra de otro y porque no me gusta moverme en el terreno de las convicciones sino en el de los hechos. Pero eso de tener abierto un despacho que se dedica a las materias sobre las que tienes que decidir como concejal es mosqueante, inmoral y seguramente ilegal. La cosa adquiere tintes escandalosos si reparamos en un insignificante detalle: José Manuel Sierra era en la época de autos, la era Fageda, el teniente de Gobernación, o sea, el jefe de la Policía Local, o sea, el baranda de los que tenían que inspeccionar las máquinas tragaperras.
Con ser indignante todo esto para el currito de a pie que paga religiosamente sus impuestos, más aún lo es que aquí no pase nada. Un conflicto de intereses tan cantoso le costaría el cargo al interesado en menos de lo que canta un gallo en los Estados Unidos, en Alemania, en el Reino Unido o en las siempre ejemplares democracias nórdicas. Eso en el mejor de los casos porque en el peor daría con sus huesos en la cárcel.Ya se sabe: en los países serios no se andan con chiquitas.
Catalina Cirer volvió a cortar por lo sano el otoño pasado al llamar a capítulo a José Manuel Sierra e invitarle a elegir: «O Ayuntamiento o despacho de abogados». Obviamente, el ultimátum surtió efecto.
El concejal de Vivienda no es, desgraciadamente, el único que pasaba las mañanas en Cort y las tardes en su chiringuito privado. La historia de José Manuel Sierra es calcadita de la de Rafael Vidal, ese edil de Urbanismo que jamás se enteró que su negociado se había transformado en la versión posmoderna de la Cueva de Alí Babá. El Cursach team entraba como Pedro por su casa en esa Concejalía en la que dos millones se pueden convertir en doscientos con tan sólo una firmita. Rafael Vidal no se fue de Cort, a Rafael Vidal lo fueron de Cort, entre otras cosas, porque la perestroika de Matas y Cirer casa mal con los modos y maneras del personaje.
El círculo ético quedó definitivamente cerrado con el aterrizaje en la Concejalía de Urbanismo de un paracaidista, Rodrigo de Santos, para el que la ley es el deber supremo. Sus enemigos, los aprovechateguis de turno, esperaban que entrase como un elefante en una cacharrería, vamos, que se estrellase él solito.
Se equivocaron de medio a medio: el treintañero edil optó por aplicar a rajatabla el genial adagio árabe -«siéntate a la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo»- y funcionó, vaya si funcionó. El urbanismo municipal ha dejado de ser un nido de especuladores en el que los favorcillos y los favorcetes estaban a la orden del día.
A Catalina Cirer, a Rodrigo de Santos y a la tercera pata del poder municipal, Francisca Bennàssar, les tiraremos de las orejas cuando se equivoquen y les sacaremos a hombros cuando acierten. Pero nadie les podrá toser jamás en el terreno moral: están limpios como la patena.
Lo que debería ser normal, que los políticos sean probos funcionarios, es desgraciadamente la excepción que confirma la regla y no la regla que confirma la excepción. La corrupción es uno de los grandes cánceres de nuestro tiempo allá, acullá pero no aquí en Palma. Los palmesanos pueden dormir tranquilos: sus dineros están en buenas manos. Catalina, Francisca y Rodrigo son de fiar. Pongo la mano en el fuego por la una, la otra y el de más acá.
e.inda@elmundo.es