Hay ciertas cuestiones que no pertenecen
al ámbito de la política ni de la historia,
ni siquiera de la filología sino del
sentido común. Si tienes la enorme suerte
de ser bilingüe (yo no lo soy) y te piden
que hables en castellano porque tu
interlocutor no entiende el catalán, tu
respuesta será un acto de cortesía o un
insulto. Si encima eres sacerdote y quien
te lo pide es un feligrés extranjero porque
siente que el castellano es una lengua más
semejante a la suya, tu respuesta no sólo
será una muestra de buena o mala educación,
sino un ejemplo de virtud cristiana o un
pecado de soberbia.
Conste que me
importan un pimiento las implicaciones
teológicas de la respuesta. Tampoco soy
monárquico y no me ofende especialmente que
hayan levantado una placa en Barcelona con
el nombre de Joan Carles I. Simplemente, es
una estupidez, un despropósito. Si yo llamo
a Jordi Pujol, Jordi, no es
sólo por cortesía, sino por lógica, por
respeto a su cultura y a su lengua. Nadie,
salvo un ignorante o un idiota, hablaría de
Michael of Cervantes. Pero hay una
tercera posibilidad: la del enfermo mental,
el hombre acosado y obsesionado por sus
complejos de inferioridad lingüística, el
paranoico que cree que van a robarle una
propiedad inalienable.
Uno de los
problemas casi insolubles del nacionalismo
es cuando se transforma en una patología.
Uno lee la atormentada historia de Irlanda
o de Polonia y de pronto se cree que el
País Vasco es el Ulster o que Mallorca es
una versión insular del gueto de Varsovia.
Esas extrapolaciones no sólo son falsas:
son síntomas. La psicología del martirio
trepana la memoria histórica, pataleando en
el rencor, buscando agravios infantiles
donde sólo hay complejos. Generalmente,
complejos de inferioridad, de alguien que
se cree que la tiene pequeña. Me refiero a
la lengua.
Algunos comentarios
disculpando la idiotez supina del canónigo
Llabrés me parecen hijos de la más
pura y rancia xenofobia, un gesto de pésima
educación, como esos paletos del Lejano
Oeste que escupen la llegada de un
forastero mientras mascan una hoja de
tabaco. «Esta es mi tierra, forastero», y
se tocan la entrepierna. Eso sí lo dicen (o
lo escriben) en castellano, bien clarito:
para marcar distancia, para que (ahí sí)
los entiendas.
El alma de estos
batasunos de ensaimada me recuerda una
novela que tenía pensada hace ya tiempo en
que un grupo nacionalista madrileño quería
separar Madrid del Estado Español a toda
costa. Los tipos se inventaban una historia
alternativa acorde con sus delirios
folklóricos, iban todos vestidos de
chulapos y hablaban como en Doña
Francisquita. La cosa tenía gracia pero no
pasó del borrador, porque pensé que algún
imbécil podía tomarlo en serio. Por
ejemplo, un payés abertzale o un neonazi de
zarzuela.