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  Miércoles, 26 de mayo de 2004 Actualizado a las 00:10
 

A CAPON
Batasunos de ensaimada

DAVID TORRES


Hay ciertas cuestiones que no pertenecen al ámbito de la política ni de la historia, ni siquiera de la filología sino del sentido común. Si tienes la enorme suerte de ser bilingüe (yo no lo soy) y te piden que hables en castellano porque tu interlocutor no entiende el catalán, tu respuesta será un acto de cortesía o un insulto. Si encima eres sacerdote y quien te lo pide es un feligrés extranjero porque siente que el castellano es una lengua más semejante a la suya, tu respuesta no sólo será una muestra de buena o mala educación, sino un ejemplo de virtud cristiana o un pecado de soberbia.

Conste que me importan un pimiento las implicaciones teológicas de la respuesta. Tampoco soy monárquico y no me ofende especialmente que hayan levantado una placa en Barcelona con el nombre de Joan Carles I. Simplemente, es una estupidez, un despropósito. Si yo llamo a Jordi Pujol, Jordi, no es sólo por cortesía, sino por lógica, por respeto a su cultura y a su lengua. Nadie, salvo un ignorante o un idiota, hablaría de Michael of Cervantes. Pero hay una tercera posibilidad: la del enfermo mental, el hombre acosado y obsesionado por sus complejos de inferioridad lingüística, el paranoico que cree que van a robarle una propiedad inalienable.

Uno de los problemas casi insolubles del nacionalismo es cuando se transforma en una patología. Uno lee la atormentada historia de Irlanda o de Polonia y de pronto se cree que el País Vasco es el Ulster o que Mallorca es una versión insular del gueto de Varsovia. Esas extrapolaciones no sólo son falsas: son síntomas. La psicología del martirio trepana la memoria histórica, pataleando en el rencor, buscando agravios infantiles donde sólo hay complejos. Generalmente, complejos de inferioridad, de alguien que se cree que la tiene pequeña. Me refiero a la lengua.

Algunos comentarios disculpando la idiotez supina del canónigo Llabrés me parecen hijos de la más pura y rancia xenofobia, un gesto de pésima educación, como esos paletos del Lejano Oeste que escupen la llegada de un forastero mientras mascan una hoja de tabaco. «Esta es mi tierra, forastero», y se tocan la entrepierna. Eso sí lo dicen (o lo escriben) en castellano, bien clarito: para marcar distancia, para que (ahí sí) los entiendas.

El alma de estos batasunos de ensaimada me recuerda una novela que tenía pensada hace ya tiempo en que un grupo nacionalista madrileño quería separar Madrid del Estado Español a toda costa. Los tipos se inventaban una historia alternativa acorde con sus delirios folklóricos, iban todos vestidos de chulapos y hablaban como en Doña Francisquita. La cosa tenía gracia pero no pasó del borrador, porque pensé que algún imbécil podía tomarlo en serio. Por ejemplo, un payés abertzale o un neonazi de zarzuela.

 
   
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