Hoy se conmemora, no el primer año del
nuevo gobierno del PP- falta poco más de un
mes- sino el aniversario de unas elecciones
que desalojaron del poder al Pacte de
Progrés y sentenciaron la reinstalación del
centroderecha demoliberal en la gobernación
de estas Islas. ¿Cuál es el balance de esta
decisión de las urnas ocurrida hace ahora
un año? Los parámetros medidores y las
perspectivas enjuiciadoras son varias. En
primer lugar, la vara de medir debe
aplicarse a los compromisos -su grado de
cumplimiento- electorales de la formación
triunfadora el 25-M. Frente a cuatro años
de un Pacte que fue incapaz de cumplir uno
sólo de los acuerdos que estaban en su
misma acta de nacimiento, la primera
sospresa positiva ha sido que el nuevo
Ejecutivo cumple, casi al pie de la letra,
su programa de gobierno. Es decir, hace
honor a los compromisos contraidos con el
electorado.
En segundo lugar, es
obligado recordar las Baleares que recibe
el nuevo Govern desde una perspectiva de lo
que podríamos llamar «estado de ánimo» de
la sociedad. El cambio, en sólo once meses,
ha sido ahí espectacular. Matas recibió una
sociedad depresiva, una economía
claudicante, unos sectores económicos en
permanente desencuentro con las
instituciones, un PIB medidor de la
actividad y del dinamismo empresarial que
se aproximaba a la depresión pura y dura,
una confianza empresarial que, en sólo
cuatro años, había pasado de ser la primera
de España a ocupar el penúltimo lugar, unas
inversiones que huían de nuestra tierra y
un sector económico capital para las Islas
como es el turismo que daba alarmantes
síntomas de retroceso ante la pasividad
irresponsable del Pacte de Progrés. El
cambio de «clima» ha sido importante y,
desde luego, decisivo para recuperar la
confianza perdida y, sobre todo, para
restaurar estos espacios de encuentro entre
las instituciones públicas y la sociedad
civil. Naturalmente, los problemas no se
solventan sólo por el cambio de «clima»,
pero el «talante» es otro porque el
«talento» también es otro: ahora se lucha
contra la adversidad.
En tercer
lugar, el nivel de actividad del nuevo
Govern, con sus luces y sus sombras, ha
sido, sin duda, vertiginoso, sobre todo si
se compara con la tetania del anterior
Ejecutivo que, aparte de en autopublicidad,
no se sabe todavía que hizo con los
cuantiosos recursos que administraba. Lo
que se ha hecho en once meses supone
posiblemente el periodo más activo en lo
que llevamos de autonomía. En todas las
parcelas políticas: política social,
política educativa, política sanitaria,
política de transportes públicos, política
de recuperación de un atraso histórico en
infraestructuras, política energética,
política de promoción turística. Estamos,
indiscutiblemente y sin hipérboles
hagiográficas, ante el Govern más serio de
toda nuestra historia
autonómica.
¿Puntos débiles? Los hay,
así como algunas incertidumbres. De estas,
el mantenimiento del ambicioso plan de
modernización de infraestructuras, viarias
y no viarias, con un Gobierno de la Nación
adverso. Puntos débiles: el peligro de
incumplimiento de los compromisos
educativos y lingüísticos y el
apuntalamiento -por activa y por pasiva- de
ciertas inmunidades en el ámbito mediático.
El resto, razonablemente bien.