No me gustaría hablar de la literatura
mallorquina, ni de ninguna otra, con el
resquemor en el cuerpo de tener que acabar
resumiéndola, parafraseando a Ciorán, con
un «no haber hecho nunca nada y morir sin
embargo extenuados». No es el caso. La
historia de la literatura mallorquina tiene
en Ramon Llull y Cristóbal Serra dos
personajes únicos sin los que resultaría
muy ingrato trazar esos arabescos que el
conocimiento siempre deja en el espíritu
humano. Su presencia nos ofrece el
necesario bagaje de tradición y suficientes
perspectivas como para sentirnos realmente
arropados.
Si Ramon encarna al
hombre del medioevo en su lucha por lograr
la alquímica presencia de la luz y la
poesía, la transmisión del misterio y el
quimérico descubrimiento de la llamada
«quinta esencia» luliana, ese éter
indecible; Cristóbal se dedica a exorcizar,
también desde la soledad y la atenta
vigilia de la quimera, la realidad mística
de un mundo que tiene en lo más pequeño, en
lo más breve y fragmentado su más íntima
razón de ser. La obra de ambos se resume en
la búsqueda de nomenclaturas que plasman la
discontinuidad de sus estados anímicos y
convierten sus palabras -que aun siendo
únicas pertenecen al lenguaje común- en
milagrosos lugares de encuentro donde nace
otro reto: intentar reconocerse. Algo tan
simple como complejo.
Desde
Péndulo y otros papeles (1957) hasta
su culturalmente autobiográfico Las
Líneas de mi vida (2000), Cristóbal
Serra (Palma,1922) no ha hecho otra cosa
que empeñarse, con tozudez y parsimonia
dignas de un asno -su animal literario
preferido- en ser fiel a sí mismo. No es
poca cosa. Por ello tampoco nos extraña que
publicase en 1996 una primera entrega de su
obra completa con el título obviamente
luliano de Ars Quimérica (Ed.
Bitzoc)
Pero dónde situaríamos a
Cristóbal Serra en una hipotética y
medianamente aforística historia de la
literatura. No es fácil. Intentémoslo. Hubo
escritores orgullosos como Baltasar
Gracián, Quevedo, Blake, Joyce, Pound o
Kafka que no siempre transigieron con el
lector: no quisieron ser legibles a toda
costa. Otros, como los simbolistas
franceses, primero, y los surrealistas,
después, intentaron atrapar el sinsentido
del lenguaje con una fórmula al alcance de
todos. Tarea imposible, porque ni la
psicología freudiana ni el materialismo
dialéctico dieron nunca para tanto.
Proust nunca supo cuál era realmente
su siglo. Sthendal, sí. Camus consiguió ser
sublime sin ni siquiera parecerlo.
Shakespeare prefirió apoyarse en las
trivialidades -recuérdese el famoso
monólogo de Hamlet- para plantear
los interrogantes más conocidos. Eliot,
Borges, Juan Ramón y, en ocasiones, Cela,
probaron a tensar con relativo éxito las
relaciones con sus lectores. A Neruda y
Walt Whitman se les entendía todo a la
primera pero no supieron gobernar la
facilidad y la desmesura de su pluma.
Lezama Lima se aproximó al concepto pero no
pudo escapar a las limitaciones de su
destino. Cervantes y también Ramon Llull
fueron tan grandes que sin proponerse lo
uno ni lo otro, supieron ser legibles sólo
cuando les convenía y paródicos cuando les
entraba la vena hermética.
He citado
demasiados autores, lo reconozco. Y aún así
he obviado voluntariamente a unos cuantos
que sé que Cristóbal admira: Michaux,
Larrea, Milton y Ramón Gómez de La Serna,
entre otros muchos. Sólo pretendía reseñar
que Serra, voluntariamente alejado de las
modas y los escaparates literarios,
participa del espíritu universal de los
escritores citados. Su voluntad de
sencillez y contenido poético, su brevedad
e ironía incuestionables, su profundidad y
videncia, su estilo lúcido y, sobre todo,
su persistencia silenciosa lo convierten en
un escritor que, aún vivo y siempre
trabajando, pertenece ya a la historia de
la Literatura. El hecho de que sea un autor
inclasificable sólo nos lo
confirma.
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