Es comprensible que el inesperado
revolcón recibido por el PP en las pasadas
elecciones haya sumido a este partido en un
estado de profundo estupor. A una
organización piramidal y disciplinada le
cuesta mucho el plantear un debate abierto
y discutir públicamente los factores que
han conducido al descalabro electoral.
Por eso es tanto más de respetar la
posición de quienes como Pere Rotger
han tenido el coraje de atreverse a apuntar
al bilingüismo y al belicismo como hechos
determinantes de la nueva situación
política, que ha afectado profundamente a
un partido político que no se podía ni
imaginar que un despreciado PSIB-PSOE
pudiera igualarle electoralmente.
Discrepando de Pere Rotger en la
cuestión lingüística, puesto que soy de los
que opina que los excesos catalanizadores
dañan los apoyos sociales naturales del
PSIB-PSOE, sí parece que a todas luces ha
sido la actitud del PP de seguir ciega e
incondicionalmente la política
antimusulmana de Estados Unidos, el factor
determinante de unas elecciones en las que
el PSOE ha subido en todas las Comunidades
Autónomas en casi la misma proporción.
Los nuevos votantes jóvenes que se
conceptuaban proclives a la abstención, se
han decidido masivamente a votar por el
PSOE. Este hecho fundamental tiene que ser
asumido no sólo en privado sino también en
público por un PP que ha basado su campaña
en su papel en la creación de varios
millones de puestos de trabajo -aunque la
mayoría fuera en precario-, presentándose
como el garante de la estabilidad y de la
bonanza económica, si bien frágil, en la
que ha vivido España, incluida nuestra
pequeña Comunidad cuando era gestionada por
un injustamente denostado Pacte de Progrés.
Los primeros movimientos del PP en
la oposición parecen augurar una nueva
etapa política orientada a la hosquedad
cuando no a una oposición cerrada, lo que
desdice un tanto del patriotismo español
del que presume la derecha. En las
cuestiones de política exterior, con la
vuelta al proyecto de una Europa unida, y
la retirada de las tropas de ocupación de
Irak, el Gobierno del PSOE lo tiene fácil,
dado el sentir mayoritario de la ciudadanía
expresado en reiteradas encuestas de
opinión.
En la otra cuestión
central, la de la vertebración del Estado,
la posición de la ciudadanía ya es un tanto
más matizada. Es de esperar que el PSOE
sólo ceda a las presiones disgregadoras
catalanas y vascas, llevando únicamente a
cabo la reforma del Senado, algo que el PP
también consideró necesario en tiempos no
demasiado lejanos.
En todo caso, ni
el plan Ibarretxe ni el plan
Carod-Rovira tienen encaje en nuestra
Constitución, cuyos artículos 166/169 dejan
en manos del PP, mayoritario en el Senado,
cualquier posibilidad de modificarla. No
hay pues motivos especiales de preocupación
por este tema.
Sin embargo, respecto
a la bonanza de la situación económica, a
pesar de que nuestras previsiones
inmediatas de crecimiento superen las del
conjunto de la UE, se avizoran oscuros
nubarrones: con la ampliación al Este,
vamos a perder los fondos de cohesión y
casi todos los de desarrollo -1% de nuestro
PIB-; nuestra inferioridad relativa en
educación técnica y en investigación y
desarrollo contribuirán a la huida o
deslocalización de empresas de mano de obra
cualificada; los grandes países de la UE
inevitablemente van a llevar a cabo
significativos recortes en su Estado de
bienestar, lo que reducirá la capacidad de
sus habitantes para comprar segundas
residencias y pasar vacaciones en los
países mediterráneos caros como el nuestro.
Disminuyendo las rentas va a haber que
apretarse el cinturón, lo que podrá dar
lugar a situaciones de descontento
social.
Es de esperar que, pasado su
mal humor, el PP comprenda que sería
conveniente y patriótico consensuar con el
PSOE una política económica impuesta por la
presente coyuntura internacional y nuestro
papel en la UE ampliada.