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  Martes, 13 de abril de 2004 Actualizado a las 23:59
 

EL AGORA
Nueva etapa política

CARLOS DE ZAYAS


Es comprensible que el inesperado revolcón recibido por el PP en las pasadas elecciones haya sumido a este partido en un estado de profundo estupor. A una organización piramidal y disciplinada le cuesta mucho el plantear un debate abierto y discutir públicamente los factores que han conducido al descalabro electoral.

Por eso es tanto más de respetar la posición de quienes como Pere Rotger han tenido el coraje de atreverse a apuntar al bilingüismo y al belicismo como hechos determinantes de la nueva situación política, que ha afectado profundamente a un partido político que no se podía ni imaginar que un despreciado PSIB-PSOE pudiera igualarle electoralmente.

Discrepando de Pere Rotger en la cuestión lingüística, puesto que soy de los que opina que los excesos catalanizadores dañan los apoyos sociales naturales del PSIB-PSOE, sí parece que a todas luces ha sido la actitud del PP de seguir ciega e incondicionalmente la política antimusulmana de Estados Unidos, el factor determinante de unas elecciones en las que el PSOE ha subido en todas las Comunidades Autónomas en casi la misma proporción.

Los nuevos votantes jóvenes que se conceptuaban proclives a la abstención, se han decidido masivamente a votar por el PSOE. Este hecho fundamental tiene que ser asumido no sólo en privado sino también en público por un PP que ha basado su campaña en su papel en la creación de varios millones de puestos de trabajo -aunque la mayoría fuera en precario-, presentándose como el garante de la estabilidad y de la bonanza económica, si bien frágil, en la que ha vivido España, incluida nuestra pequeña Comunidad cuando era gestionada por un injustamente denostado Pacte de Progrés.

Los primeros movimientos del PP en la oposición parecen augurar una nueva etapa política orientada a la hosquedad cuando no a una oposición cerrada, lo que desdice un tanto del patriotismo español del que presume la derecha. En las cuestiones de política exterior, con la vuelta al proyecto de una Europa unida, y la retirada de las tropas de ocupación de Irak, el Gobierno del PSOE lo tiene fácil, dado el sentir mayoritario de la ciudadanía expresado en reiteradas encuestas de opinión.

En la otra cuestión central, la de la vertebración del Estado, la posición de la ciudadanía ya es un tanto más matizada. Es de esperar que el PSOE sólo ceda a las presiones disgregadoras catalanas y vascas, llevando únicamente a cabo la reforma del Senado, algo que el PP también consideró necesario en tiempos no demasiado lejanos.

En todo caso, ni el plan Ibarretxe ni el plan Carod-Rovira tienen encaje en nuestra Constitución, cuyos artículos 166/169 dejan en manos del PP, mayoritario en el Senado, cualquier posibilidad de modificarla. No hay pues motivos especiales de preocupación por este tema.

Sin embargo, respecto a la bonanza de la situación económica, a pesar de que nuestras previsiones inmediatas de crecimiento superen las del conjunto de la UE, se avizoran oscuros nubarrones: con la ampliación al Este, vamos a perder los fondos de cohesión y casi todos los de desarrollo -1% de nuestro PIB-; nuestra inferioridad relativa en educación técnica y en investigación y desarrollo contribuirán a la huida o deslocalización de empresas de mano de obra cualificada; los grandes países de la UE inevitablemente van a llevar a cabo significativos recortes en su Estado de bienestar, lo que reducirá la capacidad de sus habitantes para comprar segundas residencias y pasar vacaciones en los países mediterráneos caros como el nuestro. Disminuyendo las rentas va a haber que apretarse el cinturón, lo que podrá dar lugar a situaciones de descontento social.

Es de esperar que, pasado su mal humor, el PP comprenda que sería conveniente y patriótico consensuar con el PSOE una política económica impuesta por la presente coyuntura internacional y nuestro papel en la UE ampliada.

 
   
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