Pude haber no ido. Se presentó Maruja
Torres en el Club Diario de
Mallorca el otro día y la cosa terminó
-puedo decirlo- prácticamente tal y como
había comenzado. Se presentaba húmeda con
la presentación de su última novela,
Hombres de lluvia, y terminó seca y,
a mi juicio, sin lubricante alguno. Sé que
ella siempre anda perdida, por eso esperaré
a que sean otros los que puedan hacer el
contrapunto a esta armonía mal entendida,
aunque se me ha advertido últimamente que
también en los acordes a destiempo hay
cierta musicalidad. Dispuestos a
abstractar, y a hablar de destiempos y
desafines, me quedo con una de las frases
de la Torres, cuando hablando siempre de lo
mismo (tu siempre pensando en lo único, me
dice algún amigo) espetó un «no todos los
antiterroristas son buenos, también hay
fanáticos». ¡Ay, Maruja!
De esa
frase -que quizá pudiera leerse en
cualquiera de los epitafios de los que
gusta rodearse- podría entenderse un sin
fin de cosas, un marasmo de incongruencias.
La situación de una España irreal,
conmocionada después del último noqueo del
once eme, impone aclarar sus posibilidades
por si acaso. La primera podría ser la de
correr el peligro de entender confusamente
que el fanatismo y el terrorismo son
subespecies derivadas de la misma clase de
escarnios. Supongamos descartada esa
posibilidad al otorgarle a Maruja cierta
consideración letrada, y por pensar que
pudiera ser simplemente un error semántico.
La historia de la barbarie humana nos
demuestra que hay terroristas fanáticos y
que hay fanáticos del terror, y que la
diferencia entre unos y otros es el fin que
justifica su error. Ni todo terrorista es
fanático ni todo fanático es
terrorista.
Otra posibilidad es la
de entender que el fanático termina estando
fuera de la realidad, sometido a una
actividad delirante que le impide verla tal
y como es. Así la Paz tendría una
posibilidad de verse de forma
distorsionada, mientras que parece difícil
no verla de forma unívoca. Plantearse
hablar de fanático en lugar de hablar de
enfermo, es confundir una categoría con una
patología. Y ahí si que existe una
confusión grave que debería hacerse mirar
la doña. La última de las consideraciones
es la de atender a la conclusión política
de la sentencia, la de irse al recurso de
la palabra fanático de la paz, o del
antiterror, para criticar una política
antiterrorista concreta y hacer una
asociación de culpas mientras se le ve la
pluma.
Le recordaremos a la Torres
la consigna de tolerancia cero cuando nos
referimos a la violencia de género, y
entonces nos preguntaremos si no apoya a
las feministas que han hecho suyo ese
slogan. Seguro que el ejemplo (que no tiene
una connotación política en la dirección
siempre buscada) no le hará la misma
gracia.
Empezamos con lo de las
torres y terminamos con lo de la Torres y
sus chorradas. Otras más altas han caído.