«El arte es un antídoto contra la
estupidez», asegura Miquel Barceló. Quizás
ahora más, por eso repite esta idea como un
mantra cuando la conversación deriva hacia
lo inevitable en estas fechas: la
sobrecogedora impresión que dejaron en casi
todos los atentados del pasado 11 de Marzo
en Madrid.Aquellas imágenes brutales de
heridos y cuerpos esparcidos por las vías
llenaron de estupor a este artista, como a
cualquiera. «Todo fue absolutamente brutal.
Lo seguí aquel día por televisión desde mi
estudio de París. Me quedé noqueado. Lo
primero que uno se pregunta es qué puede
hacer. Y una vez que pasa la confusión es
cuando se toma conciencia real de lo que
está sucediendo. No sé qué de todo esto se
filtrará en mi trabajo, pero sin duda que
algo pasa a los cuadros», dice.
La
situación de terror general que dejan los
actos terroristas indiscriminados no sólo
se convierte en estados de inquietud
permanente, sino que arrastra, según
Barceló, otros ‘daños colaterales’
perversos. «Se está creando un espacio
peligroso que favorece también la aparición
de ciertos movimientos fascistas que surgen
como esperanza final para poner orden en
situaciones de caos».
Barceló no dejó de
pintar aquel 11 de Marzo. Es otra manera de
repulsa a tanta absurda destrucción. Será
porque el arte puede ser un antídoto contra
tanta maldad, contra esta estupidez.