DOWGLAS REYES
PALMA.- A Vicente no
había nada que le pusiera más de los
nervios que la calefacción, que su mujer
pusiera la calefacción. Por no gastar,
prefería que sus hijos pasaran frío…, ni
bañarse querían los pobrecitos. Y ahí están
los amigos para decir si es verdad o es
mentira, que cuando venían a la casa no se
quitaban los abrigos ni para cenar. Un
tacaño y un mezquino, eso es Vicente Rivero
Urbano. Y más. A Carmen, después de 19 años
de matrimonio, no le cabe la menor
duda.
Y aquel día, 4 de diciembre de
2001, lo que ocurrió fue eso: que Carmen
puso la calefacción, «porque hacía un frío
de muerte», y él la emprendió a patadas con
ella. Y hasta intentó estrangularla en la
cocina, delante de sus hijos. Suerte que
Vicente, el mayor de los tres niños,
intervino en la bronca -recibiendo también
su parte, según declara la madre-, que si
no «ahora no estaría aquí contándolo. Salí
corriendo a gatas, casi sin respiración, y
pedí ayuda a los vecinos. Esa noche unos
amigos se quedaron a dormir en casa, por si
pasaba algo. Fueron ellos los que avisaron
a mis padres», relata muy nerviosa Carmen
Ortega, desde hace 20 años auxiliar de
clínica de la UCI de pediatría de Son
Dureta.
Un parte forense fechado el
11 de diciembre de 2001, prueba sólo
parcialmente el relato de la mujer, por
cuanto no alude al intento de
estrangulamiento por parte del cónyuge sino
únicamente a un hematoma en una pierna,
producido por una patada. Tampoco pudo
probarse que su hijo Vicente fuera agredido
por el padre cuando saliera en defensa de
su progenitora.
Maltrato habitual
Las denuncias por malos tratos
continuaron hasta que el 15 de marzo de
2002 Vicente recibió una orden de
alejamiento que le impedía, durante cinco
años, acercarse a Carmen y a sus suegros,
instalados estos últimos en su casa desde
el 11 de diciembre y, según Ortega, también
víctimas de las agresiones de su marido.
«Antes de dejar la casa me dijo: 'Yo soy el
instrumento de Dios y te voy a destruir. Te
voy a quitar lo que más quieres, a tus
hijos, y cuando acabe todo te voy a matar
aunque luego yo vaya a la cárcel'»,
recuerda Carmen.
El 11 de abril de
2003, Rivero fue condenado por «maltrato
habitual» a un año y cuatro meses de
prisión, así como a indemnizar a su mujer
con 6.000 euros. Sentencia que ha sido
recurrida en la Audiencia
Provincial.
En un momento en que la
violencia de género está a la orden del
día, los padres de Carmen se preguntan
desesperados a qué espera la Justicia para
«encerrar a un psicópata». ¿Tendrán que ver
antes el nombre de su hija en la sección de
Sucesos de un diario?... La cosa no es tan
sencilla, al menos en el caso de Vicente.
Porque el ingeniero de Telefónica tiene una
cosa a su favor: los hijos mayores, Vicente
y Mari Carmen, de 16 y 14 años, quienes
aseguran que su padre nunca le ha pegado a
la madre, sino que, por el contrario, ha
sido él el que ha sufrido los maltratos de
Carmen y sus padres.
«No entiendo
cómo después de la vida de perro que nos ha
dado a todos ese hombre, mis hijos lo
pueden defender. Puede que yo los perdone
algún día, pero dudo mucho que ellos se
puedan perdonar lo injustos que están
siendo conmigo», dice Carmen, con los ojos
llenos de lágrimas.
Porque no se
trata sólo de que los niños defiendan la
inocencia del padre, sino que también
acusan a Carmen de maltratarlos cuando
«bebe», adicción a la que alude un informe
del Punto de Encuentro -«cuando bebe se
pone pesadísima», «olía mal, decía
chorradas, caminaba aguantándose por las
paredes»-, en el que también los niños
explican que no les gusta ir a casa de su
madre, porque tanto ella como sus abuelos
les hablan mal del padre y los acusan de
estar metidos en «una secta diabólica,
hijos de Satanás».
Carmen lo niega
todo y asegura que el padre está
manipulando a los niños. No obstante,
extrae del bolso una receta mágica fechada
el 3 de enero de 2001, momento en el que
todavía Vicente vivía en la casa. El autor
de dicha receta, un santero cubano,
recomienda a su cliente «cinco enjuagues
con albahaca, canela, perejil, azúcar,
cinco perfumes y cerveza», además de «echar
en su casa lo que yo le daré para ir
quitando la influencia que hay». La mujer
asegura haber encontrado por toda la casa
«polvos como de tierra e incluso en los
bolsillos de mi chaqueta». «No me
extrañaría nada que estas prácticas estén
influyendo a mis hijos»,
comenta.
Amor a los
hijos
Juan Ripoll, presidente de
la Asociación de Padres de Familia
Separados, entidad que ha cerrado filas con
Vicente y sus hijos, lo tiene clarísimo:
«La única secta a la que pertenece Vicente
y todos los miembros de esta asociación, es
la que nos adoctrina en el amor a nuestros
hijos».
El informe perital
psiquiátrico del proceso judicial celebrado
en pasado mes de julio, se mostraba no
menos escéptico respecto a la posibilidad
de que Mari Carmen y Vicente actuaran bajo
el influjo del padre: «Vicente y María del
Carmen (…) parecen tener ya medianamente
adquiridas las capacidades cognitivas para
valorar de manera consciente y afectiva sus
propias decisiones sobre la custodia que
desean. Su hermana Marina, de 10 años,
parece, sin embargo, mucho más frágil y
permeable, menos estructurada en cuanto al
desarrollo de las capacidades cognitivas y
volitivas que sus hermanos». No obstante,
la custodia de los niños quedó en manos de
la madre, lo que motivó el pasado 17 de
marzo una manifestación en los Juzgados de
sa Gerreria, convocada por los propios
menores.
«Este informe del psiquiatra
no sirve para nada según el juez. ¿Tú crees
que en una hora un psicólogo puede saber lo
que le pasa a los niños? Venga ya, hombre…
Los niños dicen lo que el padre quiere que
digan, no están en sus cabales», señala
Carmen, que afirma que lo único que le
importa a Vicente Rivero es recuperar la
casa.