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  Jueves, 25 de marzo de 2004 Actualizado a las 00:34
 

«Nunca creas a un escritor: siempre está posando de perfil para la posteridad»

Lobo Antunes vuelve a hablar de la guerra colonial con 'Buenas tardes a las cosas de aquí abajo'


BORJA HERMOSO

MADRID.- António Lobo Antunes, que va a lo suyo, insiste en la hierba invadiendo escaleras de mármol, desmayados campos de girasoles, olores de cuando entonces y otras flores de ruina. Y a lo peor, los repartidores del Nobel, tan suyos también, le siguen negando por años la gloria oficial.

Dará igual, porque la posteridad, para aquel niño de Benfica, no tiene mucho que ver con los oropeles y sí con las cartas de sus lectores y las páginas que conforman sus libros. Porque, para Lobo, cosas como el legado de una vida sólo están relacionadas con lo que uno ha hecho, dicho... escrito, y no con lo que los demás han hecho, dicho... escrito sobre uno.

Incluso habrá lectores, y hasta críticos, que sigan en sus respetables trece, sosteniendo una y otra vez que António Lobo Antunes es complicado, manierista, barroco, incomprensible, gratuito... y está claro que su nuevo libro en español, Buenas tardes a las cosas de aquí abajo (editado al unísono por Mondadori y Círculo de Lectores) no les convencerá de lo contrario. A los primeros, el autor les contestará con lo de siempre: con el respeto. A algunos de los segundos, les dirá lo que ya les dijo antes: «Hay críticos literarios llenos de teorías, pero sin ninguna capacidad de afecto».

No es que el autor de El orden natural de las cosas, Manual de inquisidores o Esplendor de Portugal guarde mucho mejores juicios acerca de su gremio, los escritores, o sí, no se sabe bien, nunca se sabe bien lo que viaja en la cabeza de Lobo Antunes. Pero ayer hizo del sarcasmo un arte y dijo: «Oooh, nunca creas a un escritor, se pasan la vida posando de perfil para mejorar su posteridad, y muchos rechazan las críticas porque confunden su propia persona con sus libros».

Buenas tardes a las cosas de aquí abajo vuelve a ser, sí, un libro de António Lobo Antunes con la guerra colonial en Angola como telón de fondo (no como tema, porque no hay temas en su literatura, como no sea el de la condición humana, tal y como él admite). Hay unos traficantes de diamantes, sí, y están «los pájaros gordos de la circunvalación con una rata en el pico», sí, y los macizos de arriates, y los militares corruptos, sí, y la vieja impronta racista de los impolutos blancos hacia los malolientes negros y todo eso, sí.

Y eso, las bombas y los muertos, los muertos que Lobo Antunes vio, tocó y oyó durante su experiencia médico/militar en Angola: «Pero yo nunca escribo de la guerra, porque tengo demasiado respeto por la memoria de todos los muchachos que cayeron allí». No escribe sobre la guerra pero sí sabe de sobra -y no deja escapar la ocasión de decirlo leve, casi imperceptiblemente- que «un libro también es eso: algo que obliga a los hijos de puta a matar». ¿Cabe una más contundente reivindicación de la literatura como campo de libertad?

En cambio, y como casi siempre sucede con él, el escritor y siquiatra y fascinante conversador António Lobo Antunes prefirió ayer, más que hablar de este nuevo libro, hablar de sus libros. Y del proceso a través del cual llega a ellos. Y de su relación con ellos. De cómo, por ejemplo, se las compone para renovar mañana tras mañana, tarde tras tarde y noche tras noche (a ritmo de unas 12 horas al día de medía de escritura) esa especie de compromiso con el bolígrafo sobre el folio, en su viejo despacho del hospital Miguel Bombarda, o en el atelier de su primo el pintor, o en casa, «con la televisión encendida pero sin voz, porque me hace compañía... y el oficio de escritor es algo tan solitario».

Y, según cuenta, sólo cabe una forma de renovar ese compromiso: «En la relación entre el escritor y el libro, hay que tener la capacidad de reinventar lo cotidiano. Es lo mismo que en la relación con una mujer. Y al final, el libro te deja, no lo dejas tú, te hace sentir que está harto de ti y que rehúye tu mano, como cuando se ha acabado el amor y uno de los dos insiste en los gestos de cariño», concluyó el escritor Lobo Antunes.

 
   
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