BORJA HERMOSO
MADRID.- António
Lobo Antunes, que va a lo suyo, insiste en
la hierba invadiendo escaleras de mármol,
desmayados campos de girasoles, olores de
cuando entonces y otras flores de ruina. Y
a lo peor, los repartidores del Nobel, tan
suyos también, le siguen negando por años
la gloria oficial.
Dará igual, porque
la posteridad, para aquel niño de Benfica,
no tiene mucho que ver con los oropeles y
sí con las cartas de sus lectores y las
páginas que conforman sus libros. Porque,
para Lobo, cosas como el legado de una vida
sólo están relacionadas con lo que uno ha
hecho, dicho... escrito, y no con lo que
los demás han hecho, dicho... escrito sobre
uno.
Incluso habrá lectores, y hasta
críticos, que sigan en sus respetables
trece, sosteniendo una y otra vez que
António Lobo Antunes es complicado,
manierista, barroco, incomprensible,
gratuito... y está claro que su nuevo libro
en español, Buenas tardes a las cosas de
aquí abajo (editado al unísono por
Mondadori y Círculo de Lectores) no les
convencerá de lo contrario. A los primeros,
el autor les contestará con lo de siempre:
con el respeto. A algunos de los segundos,
les dirá lo que ya les dijo antes: «Hay
críticos literarios llenos de teorías, pero
sin ninguna capacidad de afecto».
No
es que el autor de El orden natural de
las cosas, Manual de inquisidores o
Esplendor de Portugal guarde mucho
mejores juicios acerca de su gremio, los
escritores, o sí, no se sabe bien, nunca se
sabe bien lo que viaja en la cabeza de Lobo
Antunes. Pero ayer hizo del sarcasmo un
arte y dijo: «Oooh, nunca creas a un
escritor, se pasan la vida posando de
perfil para mejorar su posteridad, y muchos
rechazan las críticas porque confunden su
propia persona con sus libros».
Buenas tardes a las cosas de aquí
abajo vuelve a ser, sí, un libro de
António Lobo Antunes con la guerra colonial
en Angola como telón de fondo (no como
tema, porque no hay temas en su literatura,
como no sea el de la condición humana, tal
y como él admite). Hay unos traficantes de
diamantes, sí, y están «los pájaros gordos
de la circunvalación con una rata en el
pico», sí, y los macizos de arriates, y los
militares corruptos, sí, y la vieja
impronta racista de los impolutos
blancos hacia los malolientes
negros y todo eso, sí.
Y eso, las
bombas y los muertos, los muertos que Lobo
Antunes vio, tocó y oyó durante su
experiencia médico/militar en Angola: «Pero
yo nunca escribo de la guerra, porque tengo
demasiado respeto por la memoria de todos
los muchachos que cayeron allí». No escribe
sobre la guerra pero sí sabe de sobra -y no
deja escapar la ocasión de decirlo leve,
casi imperceptiblemente- que «un libro
también es eso: algo que obliga a los hijos
de puta a matar». ¿Cabe una más contundente
reivindicación de la literatura como campo
de libertad?
En cambio, y como casi
siempre sucede con él, el escritor y
siquiatra y fascinante conversador António
Lobo Antunes prefirió ayer, más que hablar
de este nuevo libro, hablar de sus libros.
Y del proceso a través del cual llega a
ellos. Y de su relación con ellos. De cómo,
por ejemplo, se las compone para renovar
mañana tras mañana, tarde tras tarde y
noche tras noche (a ritmo de unas 12 horas
al día de medía de escritura) esa especie
de compromiso con el bolígrafo sobre el
folio, en su viejo despacho del hospital
Miguel Bombarda, o en el atelier de
su primo el pintor, o en casa, «con la
televisión encendida pero sin voz, porque
me hace compañía... y el oficio de escritor
es algo tan solitario».
Y, según
cuenta, sólo cabe una forma de renovar ese
compromiso: «En la relación entre el
escritor y el libro, hay que tener la
capacidad de reinventar lo cotidiano. Es lo
mismo que en la relación con una mujer. Y
al final, el libro te deja, no lo dejas tú,
te hace sentir que está harto de ti y que
rehúye tu mano, como cuando se ha acabado
el amor y uno de los dos insiste en los
gestos de cariño», concluyó el escritor
Lobo Antunes.