Aunque tanto maniqueísmo, por fortuna,
se acaba desacreditando, parece inevitable
que nos den la paliza con la simplista y
manipulada utilización de las mismas viejas
fórmulas dialécticas de siempre: el Ying y
el Yang, Marte y Atenea, Isis y Osiris, el
Bien o el Mal o, si ustedes lo prefieren,
el hombre y la mujer como principios
contrapuestos, pero básicos, de una
totalidad en equilibrio que la vida misma
sólo nos insinúa.
Sea como fuere
El Código Da Vinci, de Dan
Brown (Editorial Umbrial) se ha
convertido, compartiendo cifras y
expectativas con Harry Potter, en el libro
más vendido en todo el mundo, incluida
España. Y es que, sin duda, muy pocas veces
560 páginas - 731 en la perfecta versión
digital, pirateada, que cualquiera puede
encontrar por internet - han dado tanto
juego a los críticos literarios y a los no
literarios. Hay opiniones para todos los
gustos.
La crítica literaria
española es, en general, adversa al libro.
Así, Casavella lo califica de
«aburrido, torpe en las descripciones y en
la introducción de datos en torno al Santo
Grial, Leonardo y el Opus». Sánchez
Dragó - que ha escrito varios libros
con interpretaciones muy suyas sobre
Jesucristo- va más allá y dice: «El éxito
de este libro responde al infantilismo
generalizado de los seres humanos, en línea
con el mercantilismo de los chalanes de la
New Age. Sus lectores se encuentran entre
gente que no ha crecido mentalmente».
Gómez de Liaño entra - y hay que
tener valor o muchas ganas de polemizar -
incluso en el fondo del libro cuando
afirma¡: «No comparto la denuncia de la
supresión que la Iglesia católica habría
hecho de lo sagrado femenino en la religión
moderna, pues en la religión católica el
papel de la mujer ha sido y es esencial,
sobre todo comparada con otras». Vale, es
obvio que a Brown no le pasará lo que a
Salman Rushdie, menos mal.
No podían
faltar algunas opiniones eclesiásticas que
ya han empezado a dejarse oír: «El
agnosticismo al servicio del feminismo
radical» clama con exagerada afectación la
web oficial del Opus Dei
(www.opusdei.es) citando la opinión
de e-cristians, una de sus publicaciones de
referencia. «Se trata de una blasfemia y de
un insulto a Dios y a la Iglesia»
manifiesta el obispo de la localidad
chilena de San Bernardo, Juan Ignacio
González, que exhortó a sus fieles a no
leer la novela. A eso le llamaría yo ser
más papista que el Papa y hasta desconfiar
del libre albedrío pero, en fin, doctores
más cualificados que ese obispo seguro que
no le faltan a la Iglesia. Y problemas más
reales e importantes que solucionar,
tampoco, desde luego.
El Código Da
Vinci es cualquier cosa menos un libro
de alta literatura y tampoco contiene
material para ser discutido con rigor desde
la erudición. Es simplemente un best seller
de ficción, una enorme creación de
marketing que abarca ya todos los campos:
desde una página web oficial
-www.codigodavinci.com-que es un
juego interactivo, muy poco original, en el
que el usuario avanza respondiendo a
preguntas cada vez más complejas sobre el
libro -sin ir mucho más allá que nuestro
televisivo Un, dos, tres- hasta su
próxima adaptación para la gran pantalla de
la mano de Ron Howard y Russell
Crowe. Sin olvidar la creación más o
menos fomentada de miles de foros donde se
entablan las más peregrinas discusiones que
abarcan, con tan poca profundidad como
apasionamiento, desde el Santo Grial al
vientre de María Magdalena, desde las
corrupciones y manipulaciones históricas
del Vaticano a los turbios manejos de los
siniestros monjes asesinos del Opus Dei.
No faltan tampoco las alusiones a
los templarios y al sexo como elemento
religiosamente sagrado de los
pre-cristianos, a los evangelios apócrifos,
a los integrantes del secreto Priorato de
Sión, y, por supuesto, a Leonardo y sus
claves, presuntamente escondidas, por
aquello de ponérselo fácil al lector, en
tres de sus más conocidas obras: La
Gioconda, La Virgen de las Rocas y
La Última Cena -donde San Juan no es
tal sino María Magdalena, la amante esposa
de Cristo y madre de Sarah, su hija común.
Sobre ella debiera haberse edificado la
Iglesia.
Esa es la tesis de Brown,
un desafinado cántico al lado femenino de
la humanidad, el gran marginado por la
tradición católica hasta nuestros días.
Tesis que podría, y debería, ser defendida
con más argumentos válidos y menos
circunloquios esotéricos tan ridículos y
vanos, por ejemplo, como discutir sobre el
sexo de los ángeles con la sierra mecánica
encendida, por si acaso al genial Miquel
Barceló se le va la mano con el color
-o calor- de los atributos, menuda
cuestión.
Huelga decir que llueve y
lloverá sobre mojado, pero si de verdad les
interesan los temas histórico-religiosos,
creo que los libros de Umberto Eco,
Mircea Eliade o los ensayos filosóficos
de Georges Bataille les serán de
mayor provecho. Pero cada uno es cada cual,
ya saben.