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  Miércoles, 24 de marzo de 2004 Actualizado a las 00:52
 

LA TELARAÑA CULTURAL / JUAN PLANAS BENNASSAR
Da Vinci como pretexto


Aunque tanto maniqueísmo, por fortuna, se acaba desacreditando, parece inevitable que nos den la paliza con la simplista y manipulada utilización de las mismas viejas fórmulas dialécticas de siempre: el Ying y el Yang, Marte y Atenea, Isis y Osiris, el Bien o el Mal o, si ustedes lo prefieren, el hombre y la mujer como principios contrapuestos, pero básicos, de una totalidad en equilibrio que la vida misma sólo nos insinúa.

Sea como fuere El Código Da Vinci, de Dan Brown (Editorial Umbrial) se ha convertido, compartiendo cifras y expectativas con Harry Potter, en el libro más vendido en todo el mundo, incluida España. Y es que, sin duda, muy pocas veces 560 páginas - 731 en la perfecta versión digital, pirateada, que cualquiera puede encontrar por internet - han dado tanto juego a los críticos literarios y a los no literarios. Hay opiniones para todos los gustos.

La crítica literaria española es, en general, adversa al libro. Así, Casavella lo califica de «aburrido, torpe en las descripciones y en la introducción de datos en torno al Santo Grial, Leonardo y el Opus». Sánchez Dragó - que ha escrito varios libros con interpretaciones muy suyas sobre Jesucristo- va más allá y dice: «El éxito de este libro responde al infantilismo generalizado de los seres humanos, en línea con el mercantilismo de los chalanes de la New Age. Sus lectores se encuentran entre gente que no ha crecido mentalmente». Gómez de Liaño entra - y hay que tener valor o muchas ganas de polemizar - incluso en el fondo del libro cuando afirma¡: «No comparto la denuncia de la supresión que la Iglesia católica habría hecho de lo sagrado femenino en la religión moderna, pues en la religión católica el papel de la mujer ha sido y es esencial, sobre todo comparada con otras». Vale, es obvio que a Brown no le pasará lo que a Salman Rushdie, menos mal.

No podían faltar algunas opiniones eclesiásticas que ya han empezado a dejarse oír: «El agnosticismo al servicio del feminismo radical» clama con exagerada afectación la web oficial del Opus Dei (www.opusdei.es) citando la opinión de e-cristians, una de sus publicaciones de referencia. «Se trata de una blasfemia y de un insulto a Dios y a la Iglesia» manifiesta el obispo de la localidad chilena de San Bernardo, Juan Ignacio González, que exhortó a sus fieles a no leer la novela. A eso le llamaría yo ser más papista que el Papa y hasta desconfiar del libre albedrío pero, en fin, doctores más cualificados que ese obispo seguro que no le faltan a la Iglesia. Y problemas más reales e importantes que solucionar, tampoco, desde luego.

El Código Da Vinci es cualquier cosa menos un libro de alta literatura y tampoco contiene material para ser discutido con rigor desde la erudición. Es simplemente un best seller de ficción, una enorme creación de marketing que abarca ya todos los campos: desde una página web oficial -www.codigodavinci.com-que es un juego interactivo, muy poco original, en el que el usuario avanza respondiendo a preguntas cada vez más complejas sobre el libro -sin ir mucho más allá que nuestro televisivo Un, dos, tres- hasta su próxima adaptación para la gran pantalla de la mano de Ron Howard y Russell Crowe. Sin olvidar la creación más o menos fomentada de miles de foros donde se entablan las más peregrinas discusiones que abarcan, con tan poca profundidad como apasionamiento, desde el Santo Grial al vientre de María Magdalena, desde las corrupciones y manipulaciones históricas del Vaticano a los turbios manejos de los siniestros monjes asesinos del Opus Dei.

No faltan tampoco las alusiones a los templarios y al sexo como elemento religiosamente sagrado de los pre-cristianos, a los evangelios apócrifos, a los integrantes del secreto Priorato de Sión, y, por supuesto, a Leonardo y sus claves, presuntamente escondidas, por aquello de ponérselo fácil al lector, en tres de sus más conocidas obras: La Gioconda, La Virgen de las Rocas y La Última Cena -donde San Juan no es tal sino María Magdalena, la amante esposa de Cristo y madre de Sarah, su hija común. Sobre ella debiera haberse edificado la Iglesia.

Esa es la tesis de Brown, un desafinado cántico al lado femenino de la humanidad, el gran marginado por la tradición católica hasta nuestros días. Tesis que podría, y debería, ser defendida con más argumentos válidos y menos circunloquios esotéricos tan ridículos y vanos, por ejemplo, como discutir sobre el sexo de los ángeles con la sierra mecánica encendida, por si acaso al genial Miquel Barceló se le va la mano con el color -o calor- de los atributos, menuda cuestión.

Huelga decir que llueve y lloverá sobre mojado, pero si de verdad les interesan los temas histórico-religiosos, creo que los libros de Umberto Eco, Mircea Eliade o los ensayos filosóficos de Georges Bataille les serán de mayor provecho. Pero cada uno es cada cual, ya saben.

 
   
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