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  Lunes, 22 de marzo de 2004 Actualizado a las 00:46
 

EL TELESCOPIO
Pero ¿de qué financiación se habla?

ANTONIO ALEMANY DEZCALLAR


Reconozco que me pongo, si se me permite la expresión, «intelectualmente nervioso» cada vez que oigo a Sampol decir que los baleares «pagamos» cada uno no se cuantos cientos de miles de pesetas al Estado que no nos devuelve casi nada o a Antich hablar de «expolio fiscal» y a todos los nacionalistas sin excepción aspirar a un «régimen de concierto» que es una forma nada sibilina de alterar la estructura del Estado, negar al Gobierno de la Nación su insustituible rol como garante de la equidad interterritorial y propugnar una grosera insolidaridad que resulta sorprendente, por ejemplo, en un PSOE que es socialista, obrero y español, amén de gerenciar y tener sus mayores bolsas de votos en las autonomías más pobres, que menos recaudan y que más gastan.

De entrada me molesta sobremanera que «mis» impuestos, los impuestos que yo pago, se los apropien unos políticos que, en una pirueta metodológicamente inadmisible, los extrapolen a un conjunto y de ahí deduzcan sus reclamaciones. Baleares, o Cataluña o La Rioja, como tales, no «pagan» nada, pagamos los contribuyentes individuales. Tampoco es cierto que «cada balear» paga estos equis de cientos de miles de pesetas que Sampol, en una simplificación atávica de sus tiempos de verdugo recaudatorio, dice que paga: fulano paga millones, mengano ciento y zutano nada. Si aplicáramos este criterio a la relación fiscal del do ut des, el que paga millones debería recibir más que el que paga cientos o del que no paga nada. ¿Redistribución? De acuerdo, pero si los impuestos de más que yo pago, Sampol los redistribuye aquí no veo por qué razón no debe redistribuirlos en el conjunto de España. Y llevando al extremo el do ut des de una relación que es individual y no colectiva, prefiero que mis impuestos de más se redistribuyan en el Pozo del Tío Raimundo y no entre Sampol y sus conmilitones.

Pero lo que me pone «nervioso» es la «seguridad» con que hablan de una cuestión confusa, discutida, metodológicamente incierta, de resultados dispares según como se plantee y que, por el momento, no consigue poner de acuerdo a ilustres economistas, ni en el método, ni en los resultados, ni en los balances fiscales regionales, ni en las imputación de gastos e ingresos, ni en casi nada. José V. Sevilla -autor de un importante libro titulado Las claves de la financiación autonómica (Crítica 2001) no está de acuerdo con Ezequiel Uriel, el del conocido y reciente estudio del BBVA. Y ambos discrepan- bastante duramente- de López Casasnovas y Esther Martínez que, con su estudio sobre la balanza fiscal de Cataluña, son los «padres espirituales» de iniciativas autonómicas en este sentido. Es decir, si los expertos no se ponen de acuerdo ni en la metodología, ni en los resultados y, encima, reconocen la dificultad y complejidad del empeño ¿cómo es posible que políticos, periodistas y amateurs que ni siquiera se han asomado a este interesante debate que tiene lugar en nuestro país, se atrevan a proponer con tanta seguridad «soluciones» infalibles, reputadas justas y resultantes de un diagnóstico impecable?

Personalmente, no tengo ni puedo tener criterio -se me escapa- sobre las balanzas fiscales autonómicas, pero si lo tengo para pensar que es irrelevante la conclusión a la que lleguen los economistas -si es que llegan a alguna, cosa que dudo- porque el enfoque debe hacerse desde la política, y no desde la economía. José V. Sevilla en un interesante debate sobre la cuestión que se ha publicado en los dos últimos números de la Revista de Libros, recuerda que sólo hay tres modelos de financiación en un Estado: el centralista, el federal y el confederal. En el modelo centralista, el Estado recauda todos los impuestos y los distintos entes territoriales obtienen financiación mediante transferencias de la Hacienda central. En el modelo federal -que es el nuestro- la autonomía financiera en los ingresos y en los gastos la tienen todos los niveles de gobierno, ejerciendo el Estado un papel de nivelación y de equidad interterritorial que garantiza que todos los ciudadanos del Estado puedan tener los mismos servicios, en cantidad y calidad. En el modelo confederal, son los entes confederados los únicos que, individualmente, tienen autonomía en los ingresos y autonomía en los gastos, decidiendo lo que el Estado puede gastar y adecuando a esta decisión soberana el cupo a transferir al Estado. Imaginemos una España en la que las autonomías decidieran lo que cada año van a entregar al Estado. España no dura ni dos días. No habría ni un euro para el AVE de Andalucía y si Cataluña quiere su AVE que se lo pague ella, hasta la frontera de Aragón y hasta la frontera de Valencia, claro. Caricaturizo y simplifico, pero por ahí van los tiros.

Tenemos un sistema de financiación federal que, a mi juicio, es políticamente acertado en lo esencial. No es ahí donde debemos centrar la discusión, sino en la función niveladora y de equidad interterritorial del Estado, la que permite que un andaluz tenga las prestaciones sanitarias y de previsión social iguales que las de un catalán, un vasco o un balear o que las carreteras y los trenes de León tengan el mismo nivel que los trenes y carreteras de Navarra, etc… Nuestro problema, el de Baleares, no es el de una balanza fiscal por lo visto indeterminable y discutible, sino que la nivelación y la equidad interterritorial por parte del Estado no se ha cumplido con la misma intensidad que en el resto del país, ni en costes de transporte, ni en infraestructuras viarias, ni en sanidad, ni en servicios energéticos. Esta es la madre del cordero. Y cuando, por primera vez, esta injusticia y este déficit históricos se están paliando, cooperamos irresponsablemente a desalojar del Gobierno a quienes llevaban camino de paliar injusticia y déficit. Nuestro pressing no debe ir por la línea que, con frivolidad, apuntan UM, el PSM o el PSIB de un Antich que no está claro lo que piensa si es que piensa algo, sino por objetivar esta función de nivelación y de equidad estatales. El Régimen Especial de Baleares podría ser el instrumento para recuperar atrasos históricos, pero la solución definitiva, la que nos pondría al abrigo de arbitrariedades partidistas, es esta objetivación en la que, por lo visto, nadie piensa.

 
   
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