Hoy sería muy fácil hacer leña del árbol
caído. A nivel individual y a nivel
colectivo, todos los jugadores que pisaron
el césped de Mestalla merecen la más
absoluta de las reprobaciones no ya tan
sólo por su actuación, sino sobre todo por
su predisposición. Este es un equipo con la
moral tan frágil que el menor contratiempo
le derrumba. Ayer aguantó el tipo justo
hasta el instante en el que Mista marcó el
primer gol. A partir de ahí ya no volvió a
existir. Fue un guiñapo en manos de un
Valencia que marcó cinco, pero que pudo
haberle infringido el castigo más
humillante del Campeonato si simplemente se
lo hubiera propuesto.
La evidencia de
lo que sucedió es tan cruel que no es
necesario desangrar más al herido. Su única
esperanza de supervivencia pasa por ganar
en La Condomina al colista Real Murcia. El
partido de este fin de semana es tan
importante que no vale la pena ni siquiera
reflexionar en todo lo que se ha hecho mal
hasta ahora, más que nada porque en
realidad todos lo saben. El club se
enfrenta a una semana decisiva en la que el
trámite ante el Newcastle aparece como un
molesto obstáculo para preparar el objetivo
que de verdad interesa, y que no es otro
que sumar el domingo los tres puntos. En
fútbol es casi imposible hacer pronósticos,
pero parece evidente que si el equipo no
gana a Toshack y su pandilla, puede
considerarse casi de Segunda
División.
Está claro que asistimos a
una de las más graves crisis de la historia
contemporánea del Mallorca. Ni siquiera la
sabiduría y la experiencia de Luis Aragonés
son suficientes para controlar esta caída
libre hacia el descenso. Y eso que el
destino sigue siendo generoso. Hace dos
años le regaló al club una milagrosa
victoria del Tenerife en Las Palmas que le
libró de la Segunda División, y ayer le
obsequió con una bocanada de oxígeno en
Santander, con el penalty en tiempo de
descuento que Milosevic lanzó fuera. Si
hubiera marcado, ahora el Celta estaría a
sólo dos puntos. Y el último partido de
Liga será, precisamente, Celta-Mallorca en
Balaídos, un estadio en el que jamás se ha
ganado en Primera División.
Sólo el
resultado de El Sardinero alivia los males
de una jornada catastrófica en la que todos
los de abajo menos el Valladolid y el
Mallorca siguieron sumando. Se ha invertido
peligrosamente la tendencia de la pasada
semana, en la que todos los marcadores
fueron favorables. Queda por supuesto
tiempo y margen suficiente para salir de
este atolladero, pero cualquier atisbo de
reacción pasa por ganar en Murcia el
domingo. Otro resultado envía al equipo
directamente al abismo, y de eso son
conscientes absolutamente todos los
miembros del club.
Quedan seis días y
entramos en una semana cargada de tensión
en la que Luis Aragonés debe tomar una de
las decisiones más complicadas de sus tres
décadas como entrenador profesional. Antes
de lo que sucedió ayer en Valencia, el
cuerpo técnico tenía decidido darle a
Miquel Angel Moyà la alternativa el jueves
ante el Newcastle y empezar a rodarle de
cara a la próxima temporada. Ahora el casi
barbilampiño portero de Binisalem se
enfrenta a la posibilidad de hacerse de
inmediato y con caracter de urgencia con la
titularidad en el Campeonato Nacional de
Liga. Una responsabilidad similar a la que
se le dio no hace mucho a Iván Ramis. Ramis
no ha arreglado los desajustes de la
defensa porque eso no lo conseguiría ni
Franz Beckenbauer. El problema es mucho más
profundo. Es de actitud, de concentración y
de autoconfianza. No falla el músculo.
Falla la cabeza. Y ese es el atolladero más
complicado en el que puede meterse un
equipo.
Está claro que el entrenador
debe buscar un revulsivo. Y como es
imposible cargarse a toda la línea
defensiva en pleno, parece que alguien va a
pagar los platos rotos. Leo Franco se ha
convertido en el Mallorca en uno de los
mejores porteros del mundo. Desde que
Vázquez le dio la alternativa obligada en
noviembre de 1999 después de que el «Mono»
noqueara a Serrano en Montjuic, no ha
parado de crecer. Le ha dado muchos puntos
al equipo y se ha ganado a pulso su
convocatoria para la selección argentina.
Pero esta temporada está infectado por el
mismo virus que padecen sus compañeros.
Jornada tras jornada se encajan goles
absurdos. Un día es culpa de unos y al
siguiente de otros. Aquí no hay nadie que
esté libre de pecado. Desde Olaizola hasta
Poli pasando por Nadal, Cortés, Iván Ramis,
Edu Moya, Niño o el ahora desaparecido
Lussenhoff. Todos los futbolistas que pisan
área propia son copartícipes de que el
Mallorca sea tras el Celta el equipo más
goleado de Primera División, como también
lo son sus compañeros de medio campo o
incluso los que juegan más arriba, porque
está claro que ninguno hace bien su
trabajo. Leo es tan culpable como cualquier
otro, pero en estos momentos es necesario
buscar un revulsivo y seguramente va a ser
el cabeza de turco.
Luis lo tiene
difícil. Tampoco parece que se confíe en
Miki, así que el dilema está entre Leo y
Moyà. Si apuesta por el mallorquín y le
sale mal, corre el riesgo de quemarlo
innecesariamente. Si mantiene al argentino
contra la opinión generalizada de todos los
focos de poder del club y el equipo pierde
o empata en Murcia, peor todavía. Mal lo
tenemos. Muy mal. Sobre todo porque en La
Condomina no cabe otro resultado que no sea
la victoria. Es imprescindible elegir bien
a los futbolistas que tengan que saltar al
terreno de juego.
Haga una cosa o
haga otra. Luis dejará descontenta a una
parte. Pero con el sueldo de entrenador
vienen implícitas estas responsabilidades y
ahora más que nunca hay que apoyar en la
decisión que tome a la que sin duda es la
persona más indicada para enseñarle a este
Mallorca el camino hacia la luz. Y pase lo
que pase, acabe como acabe la temporada, es
necesario hacer borrón y cuenta nueva y
volver a comenzar desde cero. Quien juega
con fuego se quema y este club lleva ya
demasiado tiempo caminando sobre las
ascuas.