No pretendo ser alarmista porque queda
todavía mucha Liga y hay tiempo para la
reacción, pero por los síntomas de ayer,
este Mallorca tiene muy mala pinta. No se
trata sólo de la derrota ni de la goleada.
Lo realmente preocupante es el pasotismo
del equipo, la sensación que dio ayer de
que arrojan la toalla en cuanto encajan un
gol. El Mallorca carece de capacidad de
reacción y se entrega al adversario. Si el
Valencia hubiera querido, ayer hubiésemos
asistido a la mayor goleada de esta Liga,
porque tal y como estaba la defensa
mallorquina en la última media hora de
partido, fácilmente hubiera podido encajar
una decena de goles.
En Valencia
sucedió en parte lo mismo que pasó en
Newcastle. Allí se jugó muy bien durante 60
minutos en los que no se concedió al
contrario ni una sola ocasión de gol. Pero
luego, a raiz de encajar el empate, el
equipo se deshizo y recibió cuatro como
pudo recibir siete. En Mestalla se repitió
la historia. Durante todo el primer tiempo
el Mallorca controló al Valencia, que no
tenía ningún recurso para inquietar a Leo
Franco. Pero llegó el último minuto, y en
una jugada sin aparente peligro, se produjo
un error clamoroso entre Fernando Niño y
Leo Franco y Mista se encontró con un gol
inesperado.
Eso fue el principio del
fin del Mallorca. Apareció en la segunda
parte totalmente entregado a su suerte. El
Valencia lo aprovechó y jugó a
placer.
¿Cómo puede explicarse una
metamorfosis semejante? Es difícil.
Afortunadamente para el Mallorca, en el
banquillo tiene a una de las pocas personas
capacitadas para sacar esto adelante. Con
cualquier otro yo diría que habría que
resignarse al descenso. Pero con Luis
Aragonés hay que mantener un hálito de
esperanza. Aunque sin duda se enfrenta a
uno de los mayores retos de su carrera.