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  Jueves, 11 de marzo de 2004 Actualizado a las 00:03
 

LA TELERAÑA CULTURAL
La Nueva Biblioteca de Alejandría

JUAN PLANAS BENASSAR


Hubo un tiempo en que los dioses se relacionaban muy estrechamente con los humanos: compartían los mismos placeres y pasiones, iguales envidias y celos, procreaban hijos comunes que llevaban en la sangre laberintos insondables y espejos crueles. Hubo un tiempo en que la sabiduría o el conocimiento pertenecían por igual a los ámbitos humano y divino, sin que fuera posible ni deseable, siquiera, distinguirlos. Pero no se me alteren, es posible que el tiempo sea en realidad un artificio, quizá un engaño, y las cosas no hayan cambiado en absoluto y nosotros seamos ahora los herederos de tan enorme bestiario poético, esos monstruos engendrados en la voracidad creativa de tanta convulsión y desarraigo...

Fue por aquel entonces, concretamente en Alejandría, hacia el año 306 a.C., cuando los seres humanos iniciaron, en un sentido estricto, la aventura intelectual de búsqueda, recopilación y salvaguarda de cuanta actividad cultural mereciera pasar a la posteridad, ese nebuloso lugar supuestamente futuro que sin embargo arraiga y habita en el pasado, en los imprevisibles arcones de la memoria.

Tampoco se confundan. El esplendor es un concepto cualitativo que ignora por completo los entresijos del mercantilismo o la avaricia aritmética de los poderosos. La Biblioteca de Alejandría, y su correspondiente Museo llegó tan sólo a albergar algo menos de un millón de papiros. No es demasiado si, por ejemplo, consideramos que en la actualidad la Biblioteca del Estado Ruso, antes Lenin, supera los treinta millones de ítems y la Library of Congress, en Washington, los 120 millones.

Lo importante era que los eruditos de la Biblioteca estudiaban la totalidad del Cosmos (en griego, el orden del universo) con una voluntad interdisciplinar que todavía hoy nos asombra por su modernidad y nos confirma que la historia del hombre es mucho más parecida a la construcción de un laberinto borgiano, con sus vacíos lógicos, sus saltos intemporales y sus enigmas aromáticos, que a las lineales interpretaciones de muchos deterministas de corte dialéctico o religioso, eso ni importa. No, todo acontece de manera mucho más hermética pero también diáfana, al menos para quien sepa que observar y observarse son la misma cosa, idéntico ejercicio de estilo, mucho más saludable cuanto más se entremezclen los matices de lo risible y lo memorable.

Del mármol suntuoso y los trabajos en forzado silencio hemos pasado a las autopistas del silicio y la información, de las palabras a los bytes, de la lenta mecánica de los pacientes escribanos a la vertiginosa ubicuidad productora de Internet. La globalización de la cultura -al menos del acceso a la cultura- nos permite tener en nuestro ordenador o en la misma palma de nuestra mano todo cuanto se está creando, y simultáneamente destruyendo, en cualquier parte del planeta. Sólo hay que saber buscar, interpretar y digerir.

Internet es una inmensa telaraña donde las creaciones de sus usuarios nacen, se transforman y multiplican de manera casi imposible de cuantificar y, por supuesto, de detener. La cultura se convierte en omnipresente protagonista ofreciéndose a todos como lo que en realidad nunca dejó de ser, una continua «obra en marcha», tan agotadora, exigente y fructífera como solidaria y global. La respiración del planeta entero nos envía su aliento. Aunque a veces huela muy mal.

Pero la red sería inútil como biblioteca si no existieran buscadores como Google o iniciativas como Internet Archive -www.archive.org- que se dedican a guardar millones de páginas ya inexistentes en la actualidad pero que algún día fueron expuestas y leídas, generando más completos y elaborados pensamientos, dejando, así, su huella. Nuestra huella, pues, entre todos, estamos reescribiendo de nuestro puño y letra los artículos de la enciclopedia más vasta y profunda jamás imaginada. No es poca cosa ni lo parece.

Quizá todavía sea comprensible un cierto temor a tanta revolución cibernética pero Internet, al igual que la imprenta, nos ofrece lo único que le podemos exigir a una máquina, «a todas las máquinas pero no sólo a las máquinas» : aproximarnos a la realidad física de las cosas y las personas ayudándonos a ampliar el abanico de las perspectivas que enriquecen nuestras vidas. Un viejo sueño de los Ptolomeos vuelve a brillar sobre las ruinas de un Faro que nos sigue iluminando. Que no decaiga.

http://jplanas.blogspot.c om

 
   
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