Hubo un tiempo en que los dioses se
relacionaban muy estrechamente con los
humanos: compartían los mismos placeres y
pasiones, iguales envidias y celos,
procreaban hijos comunes que llevaban en la
sangre laberintos insondables y espejos
crueles. Hubo un tiempo en que la sabiduría
o el conocimiento pertenecían por igual a
los ámbitos humano y divino, sin que fuera
posible ni deseable, siquiera,
distinguirlos. Pero no se me alteren, es
posible que el tiempo sea en realidad un
artificio, quizá un engaño, y las cosas no
hayan cambiado en absoluto y nosotros
seamos ahora los herederos de tan enorme
bestiario poético, esos monstruos
engendrados en la voracidad creativa de
tanta convulsión y desarraigo...
Fue
por aquel entonces, concretamente en
Alejandría, hacia el año 306 a.C., cuando
los seres humanos iniciaron, en un sentido
estricto, la aventura intelectual de
búsqueda, recopilación y salvaguarda de
cuanta actividad cultural mereciera pasar a
la posteridad, ese nebuloso lugar
supuestamente futuro que sin embargo
arraiga y habita en el pasado, en los
imprevisibles arcones de la
memoria.
Tampoco se confundan. El
esplendor es un concepto cualitativo que
ignora por completo los entresijos del
mercantilismo o la avaricia aritmética de
los poderosos. La Biblioteca de Alejandría,
y su correspondiente Museo llegó tan sólo a
albergar algo menos de un millón de
papiros. No es demasiado si, por ejemplo,
consideramos que en la actualidad la
Biblioteca del Estado Ruso, antes Lenin,
supera los treinta millones de ítems y la
Library of Congress, en Washington, los 120
millones.
Lo importante era que los
eruditos de la Biblioteca estudiaban la
totalidad del Cosmos (en griego, el orden
del universo) con una voluntad
interdisciplinar que todavía hoy nos
asombra por su modernidad y nos confirma
que la historia del hombre es mucho más
parecida a la construcción de un laberinto
borgiano, con sus vacíos lógicos, sus
saltos intemporales y sus enigmas
aromáticos, que a las lineales
interpretaciones de muchos deterministas de
corte dialéctico o religioso, eso ni
importa. No, todo acontece de manera mucho
más hermética pero también diáfana, al
menos para quien sepa que observar y
observarse son la misma cosa, idéntico
ejercicio de estilo, mucho más saludable
cuanto más se entremezclen los matices de
lo risible y lo memorable.
Del
mármol suntuoso y los trabajos en forzado
silencio hemos pasado a las autopistas del
silicio y la información, de las palabras a
los bytes, de la lenta mecánica de los
pacientes escribanos a la vertiginosa
ubicuidad productora de Internet. La
globalización de la cultura -al menos del
acceso a la cultura- nos permite tener en
nuestro ordenador o en la misma palma de
nuestra mano todo cuanto se está creando, y
simultáneamente destruyendo, en cualquier
parte del planeta. Sólo hay que saber
buscar, interpretar y
digerir.
Internet es una inmensa
telaraña donde las creaciones de sus
usuarios nacen, se transforman y
multiplican de manera casi imposible de
cuantificar y, por supuesto, de detener. La
cultura se convierte en omnipresente
protagonista ofreciéndose a todos como lo
que en realidad nunca dejó de ser, una
continua «obra en marcha», tan agotadora,
exigente y fructífera como solidaria y
global. La respiración del planeta entero
nos envía su aliento. Aunque a veces huela
muy mal.
Pero la red sería inútil
como biblioteca si no existieran buscadores
como Google o iniciativas como Internet
Archive -www.archive.org- que se dedican a
guardar millones de páginas ya inexistentes
en la actualidad pero que algún día fueron
expuestas y leídas, generando más completos
y elaborados pensamientos, dejando, así, su
huella. Nuestra huella, pues, entre todos,
estamos reescribiendo de nuestro puño y
letra los artículos de la enciclopedia más
vasta y profunda jamás imaginada. No es
poca cosa ni lo parece.
Quizá todavía
sea comprensible un cierto temor a tanta
revolución cibernética pero Internet, al
igual que la imprenta, nos ofrece lo único
que le podemos exigir a una máquina, «a
todas las máquinas pero no sólo a las
máquinas» : aproximarnos a la realidad
física de las cosas y las personas
ayudándonos a ampliar el abanico de las
perspectivas que enriquecen nuestras vidas.
Un viejo sueño de los Ptolomeos vuelve a
brillar sobre las ruinas de un Faro que nos
sigue iluminando. Que no
decaiga.
http://jplanas.blogspot.c
om