Conozco gente muy rara que cree a pies
juntillas que no hay acontecimiento
literario de cierta relevancia que no vaya
asociado matemáticamente a alguna
catástrofe puntual; y viceversa, la
matemática correctamente aplicada puede
explicar la conmoción elíptica generada por
la más sensible, sugestiva de las
metáforas. Los reconozco porque cualquier
número que puedan sonsacarme - la matricula
de mi coche, mi DNI, mi ADN o la fecha de
mi nacimiento, tanto da - ya les vale para
edificar todo un universo literario que de
tan insostenible como suele ser les juro
que me seduce sin remisión. Y es que
resulta mucho más fácil revestirse con unos
cuantos mitos que atreverse con el disfraz
de un hombre corriente. No lo
duden.
Así que cuando se enteraron de
que nací cuando Juan Ramón Jiménez acababa
de recibir su Premio Nobel de Literatura
empezaron las especulaciones. Tuve que
hacer frente a la posibilidad de que mi
nacimiento fuera un efecto secundario - y
desde luego, catastrófico - de que el mejor
poeta español de todos los tiempos, y
también el más hipocondríaco, recibiera tan
justo galardón. Tampoco quise admitir que
nacer en un momento de tanto festejo lírico
me tuviera que convertir obligatoriamente,
con el paso del tiempo, en un apasionado
del lenguaje en todas sus manifestaciones;
lo que sin embargo es más o menos cierto,
lo confieso. Pero no por ese motivo. ¿Por
cuál entonces? Lo desconozco, como tantas
otras cosas.
Pero quizá por eso, por
esa suma de cosas desconocidas sobre las
que no ejercemos ningún control - como la
matricula del coche, el DNI, el ADN o la
fecha de nacimiento - quizá por esa suma
caótica de misterios inescrutables yo adoro
la literatura. Debo ser también muy raro, y
por tal motivo les advierto que no deben
tomarme muy en serio. Ni hoy ni nunca. Se
divertirán más si dejan que la lectura
fluya sin ideas preconcebidas, de forma
receptiva, sí, pero también caótica y hasta
con cierta propensión al absurdo. Hagan
como si no estuvieran leyendo y ante esta
página en blanco pensasen por cuenta
propia, sin el embargo de las frases hechas
y el plomo de los tópicos, esa venda en los
ojos del espíritu, si se me permite
decirlo.
Ya les he puesto en algunos
antecedentes. Ahora vayamos al grano.
Literatura, matemática y catástrofes sólo
pueden tener un denominador común: René
Thom. Este singular científico, que
falleció el 25 de Octubre de 2002 en
Francia a los 79 años, intentó explicar -
con el único éxito posible: el de la
apertura de nuevos horizontes entre
continuas polémicas y su siempre saludable
agitación de neuronas - las catástrofes
naturales mediante aristotélicas fórmulas
matemáticas que también conmovieron los
cimientos clásicos de las teorías
lingüísticas. Su búsqueda del significado
profundo de los acontecimientos - el porqué
las cosas son como son y no de otro modo -
le sitúa de lleno en la cúspide del
pensamiento que intenta agotar sus límites
y sobrepasarlos, si ello fuera posible. De
ahí al sinsentido sólo hay un paso, el que
pertenece únicamente a la poesía.
Su
principal contribución teórica es la
llamada Teoría de Las Catástrofes - que dio
posteriormente origen a La Teoría del Caos
- y es un intento de evitar los desastres
naturales mediante el conocimiento exacto
de los procesos evolutivos de la
naturaleza. El único problema, como
siempre, es acabar comprendiendo que la
realidad y su explicación no son
exactamente la misma cosa... siempre hay un
factor añadido, un elemento etéreo de una
constitución ajena a nuestros sentidos y
que nunca lograremos desterrar de nuestra
percepción del mundo: el lenguaje, ese
misterio que nos convierte en otros sin
dejar de ser nosotros mismos.
No en
vano otro gran poeta del absurdo, la
polémica y la provocación - Salvador Dalí,
a quién nunca resulta ocioso recordar y más
en este 2004, su año de fastos, homenajes y
recuerdos más o menos oficiales - dijo de
él: no es posible encontrar una noción más
estética que la reciente Teoría de las
Catástrofes de René Thom, que se aplica
tanto a la geometría del ombligo parabólico
como a la deriva de los
continentes.
Yo no diría tanto. Pero
si me limito a sonreír es porque realmente
pienso que una sonrisa a tiempo previene de
verdad muchas
catástrofes.
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