-La cuna que compré [con dinero
público] no era para mí porque yo duermo en
camas de dos por dos...
Adivina,
adivinanza. ¿Dónde se pronunció esta frase?
¿En el Ayuntamiento de Marbella o en el
juicio de los fondos reservados? Pues ni en
can Gil, ni en el banquillo en el
que se sentaron los Corcuera, Vera y cía
sino el viernes pasado en el cuartel
general del PSOE balear. Estas 17 palabras
salieron del piquito de oro de esa política
cuya mano es más larga aún de lo que
sospechábamos y, desde luego, de lo que
sabíamos: Margarita Nájera. El cerebro del
que suscribe experimentó un
flashback que le transportó a los
tiempos en los que seguía las andanzas de
ese delincuente que responde al nombre de
Jesús Gil. La actuación de la susodicha fue
un clon de las que su ex colega marbellí se
sacaba de la chistera para intentar negar
lo innegable. Moby Gil -que diría la
maestra Carmen Rigalt- utilizaba siempre la
misma táctica para desviar la atención de
su sinfín de robos y estafas: hacer chistes
de las acusaciones.
Nájera fue el
viernes un grotesco remedo de Gil. Su
aparición en la sala de prensa de la sede
socialista fue valleinclanesca, al punto
que más de uno no sabía si estaba
presenciando una película de Fellini o
leyendo Luces de Bohemia. Lo primero
que hizo fue plagar la mesa de pañuelos y,
acto seguido, se dedicó a ridiculizar con
gracietas facilonas su más que presunta
malversación de caudales públicos.
El
ji-ji, ja-ja sustituyó a la argumentación y
a los datos puros y duros. Entre risa y
risa olvidó explicar qué narices
pinta una alcaldesa comprando ropa de lujo
de hombre -Façonnable, Ralph Lauren o
Cerruti- con cargo a los leoninos impuestos
que pagan los calvianers. Prendas que
casualmente devolvió días después
del batacazo electoral. También se le pasó
por alto analizar otro
insignificante detalle: los regalos
que hizo con dinero municipal a su
peluquero, a su depiladora, a una boutique,
a un joyero madrileño y a sus amigos.
Tampoco estaría de más que hubiera revelado
a quién le compró los tan prohibitivos como
elegantísimos pañuelos de Loewe o para
quién eran los pendientes de oro.
De
su frase «debe quedar claro que ninguna de
las compras fue para mí» se deduce que o
está mal asesorada o nos toma el pelo. La
malversación no es sólo la sustracción de
fondos públicos sino también su utilización
para «fines ajenos a la función pública
[artículo 433 del Código Penal]». No hace
falta ser Michavila para concluir que el
parné de todos los ciudadanos no está ni
para agradar a tu depiladora, ni para
adquirir pañuelos de Loewe ni para vestir
como un pincel a un amiguete.
Nuestra
protagonista debería seguir a pies
juntillas el infalible refrán de las barbas
del vecino. Lo digo porque el Tribunal de
Cuentas obligó a la por otra parte genial
Pilar Miró a devolver los dos millones de
pesetas que le costaron a RTVE sus
trapos de Loewe y hace un mes
condenó a Alvarez del Manzano a pagar de su
bolsillo los 103.000 euros públicos que se
gastó en obras de caridad, viajes privados
y regalos a sus colaboradores. Pues eso...
que haría bien en poner las suyas a
remojar. Porque, visto lo visto, hay que
concluir que lo que va de Pilar Miró a
Jesús Gil se llama Margarita Nájera.
e.inda@el-mundo.es