PRECIO. Llego a la redacción del
periódico y los colegas me preguntan si es
posible que un pañuelo de señora pueda
costar 87.000 pesetas. Sí, respondo sin
inmutarme, con autoridad y suficiencia,
como queriendo dar a entender que mi
armario no es ajeno a esa clase de lujos.
Pero les seré sincera, dicho sea entre
nosotros y sin que salga de aquí, nunca
pensé que en Palma se pudieran comprar
pañuelos de ese precio. Y menos aún en
almacenes para públicos masivos. Al menos
nadie podrá decir que el nivel del comercio
palmesano no está a la altura de París,
Londres o Nueva York en lo que a precios se
refiere. Pero el precio no es la
cuestión más relevante de las numerosos
compras de ropa realizadas por Margarita
Nájera por cuenta del Ayuntamiento de
Calvià, las cuales fueron ayer objeto de
amplia información en las páginas de este
periódico. Lo interesante es saber por qué
mujeres de valía e inteligencia ampliamente
reconocida como Nájera, no hace mucho
Angela Rodicio y tiempo atrás Pilar Miró,
dilapidan su prestigio político o
profesional por unos cuantos trapitos de
marca. Rara vez hemos visto a los hombres
incurrir en semejante torpeza. No es que
los varones demuestren tener una naturaleza
moral superior y no incurran en los vicios
de la coquetería, pero los trajes de firma,
los pisos, los coches o las fincas los
pagan de su bolsillo. A veces, en el caso
de los corruptos, con dinero ilícito, pero
nunca con dinero público.
Bueno, es
posible que las mujeres sintamos una
debilidad por la ropa superior, pero eso no
basta para comprender la conducta de
Nájera. Creo que al cometer una
irregularidad tan evidente, tan a las
claras, tan imposible de ocultar, la ex
alcaldesa de Calvià no era consciente de
estar realizando ningún acto abusivo. Debía
de considerar que esos carísimos regalos
que se autoconcedía eran la justa
recompensa que merecía su persona por los
impagables servicios que prestaba a los
ciudadanos de Calvià, tal era el
engolamiento que había alcanzado.
Para
mí estamos ante la alocada conducta de una
mujer enferma de soberbia, exactamente
igual que en los casos aludidos de Angela
Rodicio o Pilar Miró. Y lo anterior,
seguramente, propiciado por la mediocridad
que caracteriza a la vida política balear,
en la que el tuerto es el rey y Nájera la
reina Margarita, y el subidón de vanidad
que tiene que sentir una mujer cuando su
valía se eleva por encima de todos sus
colegas y además en profesiones
tradicionalmente dominadas por el sexo
masculino, como la política, el periodismo
de guerra o la dirección de películas.
Sí, las mujeres todavía no estamos
acostumbradas al reconocimiento profesional
en ámbitos tradicionalmente masculinos.
Algunas se emborrachan de éxito y acaban
despilfarrando en pañuelos el prestigio que
tanto les ha costado conseguir. Es
lamentable, ridículo, cómico, claro que sí,
pero señores, no se hagan ustedes
demasiadas ilusiones y no crean que esta
debilidad femenina por los trapos a cuenta
del erario público vaya a procurarles
muchas más ocasiones para destilar ironía
contra nosotras. Aprenderemos pronto a
conducirnos en el éxito, principalmente el
político, y a manejarnos en las artes de la
superchería masculina. Esta pintoresca
corrupción de pañuelos, trapitos y
braguitas tiene los días contados. Sólo los
que tarden algunas en habituarse a los
mecanismos y leyes de la corrupción a lo
grande, típica del varón sin escrúpulos.
Por desgracia, es sólo cuestión de tiempo.
PACIENCIA. Y ya que estamos
metidos en asuntos de mujeres, sigamos con
ellas para hablar de María Salom, también
protagonista estos días por su condición de
cabeza de lista del PP balear al Congreso
de los Diputados.
Salom lleva desde los
18 años preparándose para alcanzar un alto
cargo en la política, que es tanto como
decir la mitad de su vida. En estos años,
ha visto como hombres y mujeres de menor
experiencia y valía que la suya alcanzaban
puestos superiores a los conseguidos por
ella, todo lo cual hace presumir que nos
hallamos ante una política con aguante a la
que el éxito le llega tras 18 años de
paciencia y prudencia. Me consta que le
gustan los trapos de firma y hasta podría
decirse que es uno de los políticos que
viste mejor del Parlament, aunque eso,
vista la escasez de gusto de nuestros
diputados, no sea mucho decir. En cualquier
caso, lo importante es que a María Salom no
me la imagino comprándose un traje de Prada
por cuenta del Congreso de los Diputados.
Tiene la cabeza muy en su sitio y los años
de paciencia y prudencia le han inmunizado
contra las locuras de la vanidad. Además,
el tiempo que le ha costado acceder a un
puesto de relevancia y el hecho de que el
obtenido estos días la aleje de los centros
de decisión de la política local, demuestra
que es una mujer leal con los suyos, pero
no de esa clase de personas que se avienen
a todo con tal de conseguir un coche
oficial.
Al final le han reconocido sus
méritos, pero la han enviado a Madrid, para
que siga practicando sus principios lejos
de casa. Bueno, María, consuélate, en
Madrid hay unas tiendas estupendas. Te
deseo lo mejor.
PREMIOS. Y acabo
con mujeres, o más bien ausencia de
mujeres, las que no estuvieron entre los
ganadores de los Premios Ciutat de Palma.
No, no reclamo para las mujeres premios
que no nos correspondan por nuestros
méritos. Dios nos libre. Pero ya que los
catalanistas se llevan las manos a la
cabeza ante la posibilidad de que una obra
en español pueda ganar un premio en
Mallorca, no veo por qué no puedo comentar
con extrañeza la ausencia de mujeres en el
grupo de ganadores. Lo mío no es furibunda
indignación, es sólo educada, amable y
benevolente extrañeza.
martazoreda@ccr.es