Los responsables de la paz callejera y
de la conservación del mobiliario urbano,
los que velan por el silencio necesario
para el sueño feliz de los ciudadanos,
parece que empiezan a barrer nuestras
aceras para retirar cierta mierda humana
antes de que se quede demasiado pegada a
los bordillos de hormigón. Antes de que el
alcohol se llegue a mezclar con la sangre
de los propios chicos del botellón, o con
la de algún vecino insomne que se arrojó
por el balcón, y entre sangre coagualda y
otros empastes gástricos acabemos
necesitando un patín todoterreno para ir
por las aceras. Por si los chicles pegados
en el suelo no fueran ya bastante muestra
de que nos metemos en la boca demasiadas
cosas.
Leo que un plan inicial es
invitar a los botelloneros a celebrar su
aquelarre en zonas deshabitadas, donde no
importa que griten ni que ensucien. Donde
no hagan feo. Donde no interrumpan el
tráfico. Está muy bien que Cort adapte para
la juventud callejera la misma política que
para las putas, a quienes se quiso
desterrar de la ciudad. El artículo de
Joan Pericàs de hace dos días se
ocupó de este problema con puntería y
eficacia. Para la salud pública, tan
peligrosa es una pierna desnuda de una
inmigrante angoleña como diez blanquitos
vaciando litros de alcohol y coca-cola en
sus vasos de Ikea, de colorines. En esa
imagen, que vale más que mil palabras,
descubrimos la patética verdad de nuestros
dipsómanos con claustrofobia. Son mayores
de edad, tienen permiso para beber, pero no
tienen dónde hacerlo a un precio razonable.
Hace veinte años se reunían en torno a la
llamada litrona. Un gran envase como de
helado contenía la poción a la que
arrimaban su rostro, como salvajes que se
calentaban en torno a la lumbre. Hoy el
botellón nos muestra a una juventud más
individualista bebiendo cada uno de su
vaso. Y más infantil, pues el vaso sigue
siendo aquel mismo vaso de colores felices
en los que mamá les preparaba el colacao
pocos años atrás. Son mayores de edad y
pueden beber, pero no quieren enterrar el
Action Man ni el vaso de Ikea.
La
claustrofobia de nuestros botelloneros no
es genética, sino el resultado de esa lista
de precios criminales que tienen las copas
en pubs y discotecas. De modo que la ley
debe poder asegurar que nadie, mayor o
menor de edad, va a ponerse a beber en la
vía pública, como no va a ponerse a defecar
o a follar, y menos en pandilla.
No
va a haber más remedio que seducir a los
chicos con planes más atractivos, si no
queremos que nuestros hijos y nuestras
putas se nos congelen en la campiña. Y en
el peor de los casos la administración
puede habilitar abrevaderos al alcance de
todos los bolsillos donde las erupciones de
la fiesta no nos salpiquen.