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  Lunes, 1 de diciembre de 2003 Actualizado a las 01:01
 

EN VENA
Dispérsense

ROMAN PIÑA VALLS


Los responsables de la paz callejera y de la conservación del mobiliario urbano, los que velan por el silencio necesario para el sueño feliz de los ciudadanos, parece que empiezan a barrer nuestras aceras para retirar cierta mierda humana antes de que se quede demasiado pegada a los bordillos de hormigón. Antes de que el alcohol se llegue a mezclar con la sangre de los propios chicos del botellón, o con la de algún vecino insomne que se arrojó por el balcón, y entre sangre coagualda y otros empastes gástricos acabemos necesitando un patín todoterreno para ir por las aceras. Por si los chicles pegados en el suelo no fueran ya bastante muestra de que nos metemos en la boca demasiadas cosas.

Leo que un plan inicial es invitar a los botelloneros a celebrar su aquelarre en zonas deshabitadas, donde no importa que griten ni que ensucien. Donde no hagan feo. Donde no interrumpan el tráfico. Está muy bien que Cort adapte para la juventud callejera la misma política que para las putas, a quienes se quiso desterrar de la ciudad. El artículo de Joan Pericàs de hace dos días se ocupó de este problema con puntería y eficacia. Para la salud pública, tan peligrosa es una pierna desnuda de una inmigrante angoleña como diez blanquitos vaciando litros de alcohol y coca-cola en sus vasos de Ikea, de colorines. En esa imagen, que vale más que mil palabras, descubrimos la patética verdad de nuestros dipsómanos con claustrofobia. Son mayores de edad, tienen permiso para beber, pero no tienen dónde hacerlo a un precio razonable. Hace veinte años se reunían en torno a la llamada litrona. Un gran envase como de helado contenía la poción a la que arrimaban su rostro, como salvajes que se calentaban en torno a la lumbre. Hoy el botellón nos muestra a una juventud más individualista bebiendo cada uno de su vaso. Y más infantil, pues el vaso sigue siendo aquel mismo vaso de colores felices en los que mamá les preparaba el colacao pocos años atrás. Son mayores de edad y pueden beber, pero no quieren enterrar el Action Man ni el vaso de Ikea.

La claustrofobia de nuestros botelloneros no es genética, sino el resultado de esa lista de precios criminales que tienen las copas en pubs y discotecas. De modo que la ley debe poder asegurar que nadie, mayor o menor de edad, va a ponerse a beber en la vía pública, como no va a ponerse a defecar o a follar, y menos en pandilla.

No va a haber más remedio que seducir a los chicos con planes más atractivos, si no queremos que nuestros hijos y nuestras putas se nos congelen en la campiña. Y en el peor de los casos la administración puede habilitar abrevaderos al alcance de todos los bolsillos donde las erupciones de la fiesta no nos salpiquen.

 
   
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