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EL MUNDO OPINA
La prudencia es buena consejera
Munar debería ser más prudente y, sobre
todo, más sensible a la hora de enjuiciar
la inmigración que, obviamente, puede ser
abordada desde múltiples perspectivas.
Afirmar que el analfabetismo ha vuelto a
Mallorca por culpa de la inmigración es una
obviedad innecesaria y cruel. Y, desde
luego, no es el sujeto a exhibir en la
inauguración de unos cursos universitarios
de la UNED. Ya sólo falta que digamos que
la inmigración nos ha traído la peste
bubónica o alguna de las siete plagas de
Egipto para completar una imagen xenófoba,
injusta y muy poco caritativa del fenómeno
inmigratorio. Absurdamente, además. Porque
la inmigración que se presenta de forma tan
desfavorable y descarnada es un hecho
irreversible y, encima, necesario: somos
nosotros los que llamamos a la inmigración.
Y la llamamos de manera implícita y
explícita. Implicitamente, porque la baja
natalidad y fecundidad no son capaces
siquiera de reponer los efectivos de la
pirámide poblacional que pasan a la
inactividad laboral o fallecen. Y,
explicitamente, porque todo nuestro sistema
económico precisa de una mano de obra que
somos incapaces de proveer. Sin inmigración
se paralizaría nuestra economía. Más vale,
pues y en propio interés, que contemplemos
a los inmigrantes en sus vertientes
positivas, que las tienen: aportación del
dinamismo del inmigrante, enriquecimiento
multicultural y notable contribución a
nuestra economía. Lo del analfabetismo es
secundario y cuestión de tiempo. Y
satanizar directa o indirectamente la
inmigración es actitud esquizofrénica que
pide inmigrantes y, a la vez, los
rechaza.
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