Vallés.- Tras leer los
comentarios hirientes de Matías
Vallés, reclamé en la Redacción el
texto íntegro del discurso de Matas
pronunciado en la apertura del Foro de
Formentor. Por varias razones. En primer
lugar, porque, cada vez más, Vallés parece
estar en contra de todo y de todos, excepto
contra sí mismo, en una especie de
acelerado proceso de nihilismo estetizante
detrás del cual, como el concepto nihilismo
indica, no hay absolutamente nada. En
segundo lugar, porque esta especie de
fijación casi patológica que tiene con
Matas -que le ha batido en todos los
terrenos, políticos y judiciales- obliga a
la desconfianza y a la presunción de falta
de ecuanimidad. En tercer lugar, porque
intuía -y los hechos confirman mi
intuición- que si manejamos las
descontextualizaciones y el método
analítico interpretativo de textos que
practica y se lo aplicamos al propio
Vallés, el resultado hiriente, ridículo y
jocoso, corregido y aumentado, puede ser
idéntico al que ha pretendido con Matas y
con todos sus damnificados. Y, en cuarto
lugar, porque el mamporrerismo periodístico
consiste, no en la legítima crítica, sino
en la argumentación ad hominem como
elemento toral para la descalificación: es
el que, últimamente, lleva practicando
Vallés erga omnes, contra todos,
sean jueces y magistrados, Matas, Aina
Salom, Francisca Bennássar y tutti
quanti. Una vía peligrosa, porque si se
le aplica al propio Vallés -en lo estético,
en la vestimenta, en sus pulsiones, en sus
complejos y en sus obsesiones- el resultado
puede ser glorioso. Tal vez -presiento- no
tardaremos en comprobarlo en un rifirrafe
que puede ser dialécticamente lo más
violento de estos últimos años de
periodismo.
Y que, tal vez, sea
necesario. Aquí hemos soportado durante
muchos años el mamporrerismo del
Egipcio y, francamente y en la
medida de mis modestas y limitadas
posibilidades, no estoy dispuesto a que
alguien aspire a coger el testigo y a tener
aterrorizada a la sociedad como la ha
tenido Serra durante largos años.
Como no me da miedo nadie -insisto: nadie-
y los años me han fabricado una piel de
elefante, no tengo ningún inconveniente en
autoadjudicarme la función de defensor
civitatis con todas sus consecuencias.
Sólo lamentaré dos cosas: la pérdida para
el periodismo de una brillante pluma, al
que Andrés Ferret y yo mismo,
considerábamos como «sucesor» de nuestra
generación y que puede acabar en sucesor de
Serra y que mi querido antiguo Diario de
Mallorca ampare estos procedimientos
ajenos a su tradición y
biografía.
El discurso.- El
discurso de Jaime Matas fue excelente en la
forma y en el fondo. Amparándose en la
«larga perspectiva» que aconseja el gran
Braudel a la hora de contemplar el
mundo mediterráneo, Matas subrayó la
condición «fracturada» que tenía nuestro
Mar a lo largo de una Historia plagada de
luchas de todos contra todos, pero que, a
pesar de esta realidad vigente hasta
nuestros días, subyacía un continuado
proceso de interrelación comercial,
cultural y político que era el que
reclamaba Matas como justificador de un
diálogo, del cual el Foro de Formentor era
claro ejemplo. Citaba Maratón, las Guerras
Púnicas, Lepanto y la expedición a Argel,
pero, también la invasión árabe de la
Península, Ramón Llull,
Turmeda y la España de las Tres
Culturas en apoyo de esta simultánea
realidad conflictiva y convivencial a la
vez, de mutuas penetraciones e influencias.
Concluyendo que el Mediterráneo era la
resultante de lo judaico, lo árabe y lo
cristiano: lo que estaba en
Formentor.
Todo este escenario lo
conectaba a la realidad «imperial» de los
Estados Unidos, recogiendo la sugerente
tesis de Nye de que este hecho
imperial iba a proyectarse de una forma
radicalmente distinta a la del pasado,
porque el «enemigo» no era ya el
estado-nación díscolo al que se castiga y
punto, sino que la globalización, aparte de
«democratizar» la capacidad de destrucción,
lo diseminaba, ocultaba y hacía invisible,
lo cual impedía la manifestación
tradicional «imperial» que iba a ser
sustituida por la cooperación, colaboración
e intercambio de información entre las
naciones que compartían el mismo sistema de
valores. Y esto era así, no porque los
Estados Unidos fueran especialmente
virtuosos, sino por necesidad.
El
discurso cerraba con el mito del rapto de
Europa magistralmente descrito por Diez
del Corral en libro clásico y la vuelta
de Europa a su tierra -esta es la
«doncella» raptada por un dios mediterráneo
con la que hacía coña Vallés- como símbolo
de un recuperado protagonismo mediterráneo
en el concierto mundial.
Una
magnífica intervención dadas las
circunstancias de tiempo y lugar. Nada que
ver con la caricatura de
Vallés.
Formentor como ejemplo.-
Con esta pequeñez típica del
resentimiento, los comentaristas en general
han oscilado entre la prensa del corazón y
el ninguneo del Foro. Y, sin embargo, lo de
Formentor, su espíritu y la idea que lo
inspira, hace ya años que deberíamos
haberlo puesto en marcha nosotros, sin
esperar a que viniera una multinacional
como Repsol a organizarlo y a poner en
evidencia nuestras carencias. Si hubiéramos
tenido unos gobernantes autonómicos que
vieran un palmo más allá de lo nostro
-Matas es el primer político que
intenta universalizar Baleares- y
unas autoridades académicas capaces de
trascender su corporativismo y su
catalanismo esterilizante, hace ya mucho
tiempo que, de la mano de nuestra
Universidad, seríamos el centro de
encuentro de culturas y políticas
mediterráneas, con especial dedicación al
mundo árabe y con su ayuda financiera
incluso. La otra pata internacional
de nuestras Islas debía haber sido
Estados Unidos, vía California y sus
universidades de Stanford y Berkeley.
Teníamos a Llull, a Turmeda y
Junípero Serra como banderines de
enganche. Pero hemos tenido la desgracia de
un Cañellas que no pasaba del
arròs brut, un Nadal Batle
provinciano y ensimismado en lo catalán y
un Antich embarcado en
resentimientos ancestrales y en
coronasdearagón. Pero, en lugar de
think big -pensar a lo grande- hemos
preferido think small -pensar a lo
pequeño-. Una tragedia social, una tragedia
cultural y una tragedia política. Qué
pena.