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  Lunes, 20 de octubre de 2003 Actualizado a las 23:55
 

EL TELESCOPIO
El Foro Formentor, sus críticos y lo que pudo ser

ANTONIO ALEMANY


Vallés.- Tras leer los comentarios hirientes de Matías Vallés, reclamé en la Redacción el texto íntegro del discurso de Matas pronunciado en la apertura del Foro de Formentor. Por varias razones. En primer lugar, porque, cada vez más, Vallés parece estar en contra de todo y de todos, excepto contra sí mismo, en una especie de acelerado proceso de nihilismo estetizante detrás del cual, como el concepto nihilismo indica, no hay absolutamente nada. En segundo lugar, porque esta especie de fijación casi patológica que tiene con Matas -que le ha batido en todos los terrenos, políticos y judiciales- obliga a la desconfianza y a la presunción de falta de ecuanimidad. En tercer lugar, porque intuía -y los hechos confirman mi intuición- que si manejamos las descontextualizaciones y el método analítico interpretativo de textos que practica y se lo aplicamos al propio Vallés, el resultado hiriente, ridículo y jocoso, corregido y aumentado, puede ser idéntico al que ha pretendido con Matas y con todos sus damnificados. Y, en cuarto lugar, porque el mamporrerismo periodístico consiste, no en la legítima crítica, sino en la argumentación ad hominem como elemento toral para la descalificación: es el que, últimamente, lleva practicando Vallés erga omnes, contra todos, sean jueces y magistrados, Matas, Aina Salom, Francisca Bennássar y tutti quanti. Una vía peligrosa, porque si se le aplica al propio Vallés -en lo estético, en la vestimenta, en sus pulsiones, en sus complejos y en sus obsesiones- el resultado puede ser glorioso. Tal vez -presiento- no tardaremos en comprobarlo en un rifirrafe que puede ser dialécticamente lo más violento de estos últimos años de periodismo.

Y que, tal vez, sea necesario. Aquí hemos soportado durante muchos años el mamporrerismo del Egipcio y, francamente y en la medida de mis modestas y limitadas posibilidades, no estoy dispuesto a que alguien aspire a coger el testigo y a tener aterrorizada a la sociedad como la ha tenido Serra durante largos años. Como no me da miedo nadie -insisto: nadie- y los años me han fabricado una piel de elefante, no tengo ningún inconveniente en autoadjudicarme la función de defensor civitatis con todas sus consecuencias. Sólo lamentaré dos cosas: la pérdida para el periodismo de una brillante pluma, al que Andrés Ferret y yo mismo, considerábamos como «sucesor» de nuestra generación y que puede acabar en sucesor de Serra y que mi querido antiguo Diario de Mallorca ampare estos procedimientos ajenos a su tradición y biografía.

El discurso.- El discurso de Jaime Matas fue excelente en la forma y en el fondo. Amparándose en la «larga perspectiva» que aconseja el gran Braudel a la hora de contemplar el mundo mediterráneo, Matas subrayó la condición «fracturada» que tenía nuestro Mar a lo largo de una Historia plagada de luchas de todos contra todos, pero que, a pesar de esta realidad vigente hasta nuestros días, subyacía un continuado proceso de interrelación comercial, cultural y político que era el que reclamaba Matas como justificador de un diálogo, del cual el Foro de Formentor era claro ejemplo. Citaba Maratón, las Guerras Púnicas, Lepanto y la expedición a Argel, pero, también la invasión árabe de la Península, Ramón Llull, Turmeda y la España de las Tres Culturas en apoyo de esta simultánea realidad conflictiva y convivencial a la vez, de mutuas penetraciones e influencias. Concluyendo que el Mediterráneo era la resultante de lo judaico, lo árabe y lo cristiano: lo que estaba en Formentor.

Todo este escenario lo conectaba a la realidad «imperial» de los Estados Unidos, recogiendo la sugerente tesis de Nye de que este hecho imperial iba a proyectarse de una forma radicalmente distinta a la del pasado, porque el «enemigo» no era ya el estado-nación díscolo al que se castiga y punto, sino que la globalización, aparte de «democratizar» la capacidad de destrucción, lo diseminaba, ocultaba y hacía invisible, lo cual impedía la manifestación tradicional «imperial» que iba a ser sustituida por la cooperación, colaboración e intercambio de información entre las naciones que compartían el mismo sistema de valores. Y esto era así, no porque los Estados Unidos fueran especialmente virtuosos, sino por necesidad.

El discurso cerraba con el mito del rapto de Europa magistralmente descrito por Diez del Corral en libro clásico y la vuelta de Europa a su tierra -esta es la «doncella» raptada por un dios mediterráneo con la que hacía coña Vallés- como símbolo de un recuperado protagonismo mediterráneo en el concierto mundial.

Una magnífica intervención dadas las circunstancias de tiempo y lugar. Nada que ver con la caricatura de Vallés.

Formentor como ejemplo.- Con esta pequeñez típica del resentimiento, los comentaristas en general han oscilado entre la prensa del corazón y el ninguneo del Foro. Y, sin embargo, lo de Formentor, su espíritu y la idea que lo inspira, hace ya años que deberíamos haberlo puesto en marcha nosotros, sin esperar a que viniera una multinacional como Repsol a organizarlo y a poner en evidencia nuestras carencias. Si hubiéramos tenido unos gobernantes autonómicos que vieran un palmo más allá de lo nostro -Matas es el primer político que intenta universalizar Baleares- y unas autoridades académicas capaces de trascender su corporativismo y su catalanismo esterilizante, hace ya mucho tiempo que, de la mano de nuestra Universidad, seríamos el centro de encuentro de culturas y políticas mediterráneas, con especial dedicación al mundo árabe y con su ayuda financiera incluso. La otra pata internacional de nuestras Islas debía haber sido Estados Unidos, vía California y sus universidades de Stanford y Berkeley. Teníamos a Llull, a Turmeda y Junípero Serra como banderines de enganche. Pero hemos tenido la desgracia de un Cañellas que no pasaba del arròs brut, un Nadal Batle provinciano y ensimismado en lo catalán y un Antich embarcado en resentimientos ancestrales y en coronasdearagón. Pero, en lugar de think big -pensar a lo grande- hemos preferido think small -pensar a lo pequeño-. Una tragedia social, una tragedia cultural y una tragedia política. Qué pena.

 
   
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