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EL PUNTO - CARLOS JOVER
Ritos aéreos
Siempre me ha llamado la atención la
aversión generalizada que existe respecto a
la comida que se da en los aviones. Para
mí, en particular, comer y beber en un
vuelo me resulta uno de los placeres más
gratos, y todo me sabe mucho mejor que en
tierra. Cuando llega la azafata con su
bandeja repleta de celofanes y sorpresas,
te ofrece para beber un amplio surtido de
elixires y refrescos, y te sonríe tranquila
y sin forzar ningún gesto que disimule un
difícil equilibrio aéreo, todo ello a pesar
de encontrarnos los dos a centenares de
metros sobre el suelo desplazándonos a una
velocidad endiablada, me resulta imposible
no sumergirme en el fantástico rito de
degustar el punto de civilización y
progreso al que hemos llegado, que nos
permite no sólo desplazarnos por el aire
rápidamente, sino que incluso nos otorga
comodidades que ni siquiera han rozado a
los que viajan en automóviles por las
anacrónicas carreteras de asfalto. ¡Qué
placer ejecutar el rito de la comida en un
avión, no olvidando en ningún momento la
posición y la velocidad a la que nos
hallamos abocados al unísono! Incluso en
los vuelos cortos, interislas, la bolsita
de frutos secos y el vaso de zumo de
naranja, que sé que se da para que el
pasaje mueva los maxilares y así se
destapen los oídos, me saben a máxima
delicia, y cuando oigo comentarios
despectivos sobre la calidad del zumo, o
sencillamente veo cómo algún pasajero lo
desprecia con un gesto altivo, no puedo
evitar pensar en lo importante que es el
rito, pues el que pierde la conciencia del
punto al que ha llegado anda tan perdido
que lo más probable es que su avance,
dentro del laberinto de caminos, le
aproxime sin remedio al lugar del que ha
partido. Y ya se sabe que caminar por la
vida en un círculo que se cierra, ése sí
que es un rito, un triste y amargo rito.
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