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  Sábado, 27 de abril de 2002 Actualizado a las 23:56
 

EL PUNTO - CARLOS JOVER
Ritos aéreos


Siempre me ha llamado la atención la aversión generalizada que existe respecto a la comida que se da en los aviones. Para mí, en particular, comer y beber en un vuelo me resulta uno de los placeres más gratos, y todo me sabe mucho mejor que en tierra. Cuando llega la azafata con su bandeja repleta de celofanes y sorpresas, te ofrece para beber un amplio surtido de elixires y refrescos, y te sonríe tranquila y sin forzar ningún gesto que disimule un difícil equilibrio aéreo, todo ello a pesar de encontrarnos los dos a centenares de metros sobre el suelo desplazándonos a una velocidad endiablada, me resulta imposible no sumergirme en el fantástico rito de degustar el punto de civilización y progreso al que hemos llegado, que nos permite no sólo desplazarnos por el aire rápidamente, sino que incluso nos otorga comodidades que ni siquiera han rozado a los que viajan en automóviles por las anacrónicas carreteras de asfalto. ¡Qué placer ejecutar el rito de la comida en un avión, no olvidando en ningún momento la posición y la velocidad a la que nos hallamos abocados al unísono! Incluso en los vuelos cortos, interislas, la bolsita de frutos secos y el vaso de zumo de naranja, que sé que se da para que el pasaje mueva los maxilares y así se destapen los oídos, me saben a máxima delicia, y cuando oigo comentarios despectivos sobre la calidad del zumo, o sencillamente veo cómo algún pasajero lo desprecia con un gesto altivo, no puedo evitar pensar en lo importante que es el rito, pues el que pierde la conciencia del punto al que ha llegado anda tan perdido que lo más probable es que su avance, dentro del laberinto de caminos, le aproxime sin remedio al lugar del que ha partido. Y ya se sabe que caminar por la vida en un círculo que se cierra, ése sí que es un rito, un triste y amargo rito.

 
   
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