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LA MIRADA - MIQUEL BARCELO
Los excluidos de la sanidad
Vivo en una barriada vecina del polígono
Can Valero. Hace dieciséis años era un
sitio tranquilo, orientado al sur, con un
erial como terreno en el que sembramos
pinos y encinas. Con el tiempo nos han ido
cambiando el paisaje. Primero
reconvirtieron una vecina finca rural en
terreno industrial. Donde antes sólo oíamos
pájaros, ahora oímos el estruendo de la
prensa mientras engulle utilitarios para
convertirlos en paquetes de hierro. La
chatarrería en cuestión empezó a funcionar
en las fechas en que entró el Pacte.
Recuerdo que hará pronto tres años, un
vecino de unos 50 años, barba gris, macuto
de piel en bandolera y tejanos abrochados
por debajo de la barriga sentenció:
«Margarita Roselló lo arreglará....».
Nuestro president ya no habla de utopías.
«Utopia» era para Antich, el «Paña va bien»
de Aznar. El pacte era la esperanza de una
política diferente. Es muy probable que
dentro de un año el pacte gane de nuevo las
elecciones; pero esta vez no será el voto
de la esperanza ni la ilusión. Esta vez,
como en Francia dentro de poco, ganará el
voto del miedo; porque somos muchos los que
tenemos pánico a que sigan haciéndose ricos
construyendo túneles, que se compren votos
en Argentina o que se termine parcelando
definitivamente nuestra isla. Como muchos
franceses, votaremos a cualquier Chirac.
Perdonen el preámbulo. Pero mi intención
era la de hablarles del Hospital General.
Contarles que en los 23 años que llevo
trabajando allí, desde mi atalaya de
funcionario, he visto discurrir a 5
consellers y 7 directores. Pero nunca había
habido tantos gestores. Nuestro pacte ha
dispuesto 12 puestos de dirección. En su
mayoría son ex compañeros que han ido
metamorfoseándose en duendes misteriosos
que sueñan con tener subjefecillos,
disponer de secretaria y poseer tres
teléfonos (dos encima de la mesa... y el
móvil). Y que se han empeñado en diseñar
barcas con más timoneles que remeros.
Muchos creemos que, con una monja que
mandase y un director que firmase, sería
más que suficiente. Definitivamente la
burocracia es el tampax de la izquierda.
Han reconvertido el Hospital en un centro
sociosanitario, nadie duda de su necesidad,
pero existía la alternativa de un Hospital
Militar, vacío de enfermos desde hace más
de un año. Muchos pensamos que los recursos
sociosanitarios nunca deberían haberse
puesto en marcha sin antes haber
solucionado la atención a los enfermos
agudos. Dentro de poco tendremos en nuestra
comunidad unos enfermos sociosanitarios con
habitación individual, aire acondicionado y
menú a la carta, mientras los enfermos de
Son Dureta yacerán apiñados en habitaciones
comunes y seguirán hacinados en una camilla
de urgencias esperando habitación. Les
cuento lo que el otro día me comentó una
amiga a propósito de su experiencia
«almodovariana» en Son Dureta: «Al fin,
después de estar dos días en un pasillo de
Urgencias subí a una anhelada y compartida
habitación del cuarto piso: «Al principio
me costaba acostumbrarme a las miradas
curiosas que me hacían a través de la
ventana; pero al final nos hicimos amigos;
y mientras seguían arreglando la fachada,
yo les guardaba los bocadillos...». No les
niego el matiz de nostalgia que pesa sobre
este artículo. El Hospital era especial.
Además de funcionar durante años como
Hospital de Sector era un centro de
referencia para los marginados de las
islas. No tan sólo era el hecho de su
privilegiada ubicación en el centro de
Palma, ni que fuese vecino de Sa Placeta y
Hospital de Nit lo que le proporcionaba una
clientela añadida en busca de remedios
inexistentes. Desde que lo conozco, el
Hospital atendía a una clientela de
excluidos: Toxicómanos que acudían con el
mono, intoxicados por alcohol, etc... Desde
hacía un tiempo, a éstos, se les habían
añadido unos nuevos excluidos, los
inmigrantes sin papeles. ¿Dónde irán a
parar, a partir de ahora, estos orates
dados de alta del Psiquiátrico, estos
toxicómanos residuales; en fin, estos
excluidos en general? Les han robado su
centro de referencia. El sábado pasado
sólo 8 enfermos fueron atendidos en
Urgencias, y el domingo, 6. Uno creía que
el pacte, desde una supuesta solidaridad,
siempre presumida por la izquierda,
reforzaría el papel de este centro. Cuando
uno pensaba que, por ejemplo, había llegado
la hora de dispensar heroína a los
toxicómanos sin solución (no olvidemos, que
en Andalucía, donde funcionará dentro de
muy poco un Programa de Mantenimiento con
Heroína ha basado su demanda en que un 25%
de sus toxicómanos se inyecta la heroína,
en Baleares llegamos al 75%). Pues en estos
días de luto por nuestro Hospital, un rumor
se esparce, dicen que los políticos de la
esperanza, los del pacte, han decidido que
el edificio de Consultas Externas donde se
podría ubicar un programa similar al de
Andalucía, se reconvertirá en un edificio
de oficinas para los burócratas de «gesma».
Estas mismas voces nos anuncian que van a
invertirse más de mil millones de pesetas
en el Hospital, otros 500 millones para el
Hospital J. March y otros mil millones para
dejar el Psiquiátrico como los chorros del
oro. Los excluidos, para este Govern,
evidentemente no existen. Miquel
Barceló es médico.
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