Jorge MontojoFORMENTERA-Embarcarse rumbo
a Formentera siempre tiene algo de odisea.
Que la distancia sea de pocas millas es lo
de menos: uno siente que entra en una
diferente dimensión al poner el pie en ella
y cae seducido sin fuerzas ni ganas de
resistirse ante la sensualidad de una isla
de silueta femenina que nos hechiza. «El
cel aquí es molt gran, i s'hi allarga el
crepuscle interminablement», canta el poeta
Marià Villangómez. Y sus cielos
increíblemente azules se funden en cósmico
apareamiento con la tierra sagrada dominada
por la mujer antes de la llegada de los
mitos dorios.
La mejor manera de
acercarse a la vecina pitiusa es a bordo de
un falucho armado con una vela latina:
descubrirá contornos que hasta entonces
sólo estaban permitidos a los bardos. Si no
lo consigue, no desespere y embarque en uno
de esos catamaranes supersónicos que cubren
el trayecto en 20 minutos mientras se
acuerda con dulce nostalgia de la Joven
Dolores. Una vez haya besado la tierra
formenterense tiene muchas alternativas,
pero hay una que en esta época del año en
que todavía no han llegado las hordas del
rey de los Hunos, es muy apetecible:
Illetas. Se puede ir andando desde el
puerto de la Sabina: es un paseo que bordea
la costa desértica bañada por aguas
matizadas de esmeralda. Ahora bien, tenga
cuidado de no ser arrollado por uno de esos
ciclistas que visten ceñidos modelos de
lagarta colorida, no sería apropiado.
Vistas colosales
Si consigue esquivar
a los émulos de Indurain contemple las
vistas a mar abierto y la figura colosal de
es Vedrá que como dice Carlos Garrido
semeja una «catedral dedicada a una
religión diferente y sobrehumana».
Al
llegar a Illetas descubrirá que la sangre
corre con fuerza por sus venas y, mientras
otea esa prodigiosa playa de arena
marfileña en busca de la sonrisa de una
al-lota, se verá arrastrado hacia una mar
que le llama con fuerza irresistible. Y es
que resulta imposible permanecer inmune a
tanta belleza: las dunas son lamidas en el
beso salado y turquesa de las olas mientras
el viento corteja moldeando las sabinas. Y
uno desea integrarse en ese oasis sensorial
con la intuición nacida del deseo
panteísta. La vuelta es muy dura. Es tan
fácil abstraerse en la contemplación de una
puesta de sol en el interior de la bañera
mediterránea mientras cerramos los ojos
para no ver el rayo verde que acabaría con
el misterio del amor, que perder el barco
de vuelta se convierte en algo usual para
el iluso que firma esta crónica. Además, la
nuit de Formentera también tiene sus
atractivos para quien sabe donde buscarlos.
Pero eso es otra historia.