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  Sábado, 27 de abril de 2002 Actualizado a las 01:04
 

Illetes: es imposible permanecer inmune ante tanta belleza


Jorge Montojo

FORMENTERA-Embarcarse rumbo a Formentera siempre tiene algo de odisea. Que la distancia sea de pocas millas es lo de menos: uno siente que entra en una diferente dimensión al poner el pie en ella y cae seducido sin fuerzas ni ganas de resistirse ante la sensualidad de una isla de silueta femenina que nos hechiza. «El cel aquí es molt gran, i s'hi allarga el crepuscle interminablement», canta el poeta Marià Villangómez. Y sus cielos increíblemente azules se funden en cósmico apareamiento con la tierra sagrada dominada por la mujer antes de la llegada de los mitos dorios.

La mejor manera de acercarse a la vecina pitiusa es a bordo de un falucho armado con una vela latina: descubrirá contornos que hasta entonces sólo estaban permitidos a los bardos. Si no lo consigue, no desespere y embarque en uno de esos catamaranes supersónicos que cubren el trayecto en 20 minutos mientras se acuerda con dulce nostalgia de la Joven Dolores. Una vez haya besado la tierra formenterense tiene muchas alternativas, pero hay una que en esta época del año en que todavía no han llegado las hordas del rey de los Hunos, es muy apetecible: Illetas. Se puede ir andando desde el puerto de la Sabina: es un paseo que bordea la costa desértica bañada por aguas matizadas de esmeralda. Ahora bien, tenga cuidado de no ser arrollado por uno de esos ciclistas que visten ceñidos modelos de lagarta colorida, no sería apropiado.

Vistas colosales

Si consigue esquivar a los émulos de Indurain contemple las vistas a mar abierto y la figura colosal de es Vedrá que como dice Carlos Garrido semeja una «catedral dedicada a una religión diferente y sobrehumana».

Al llegar a Illetas descubrirá que la sangre corre con fuerza por sus venas y, mientras otea esa prodigiosa playa de arena marfileña en busca de la sonrisa de una al-lota, se verá arrastrado hacia una mar que le llama con fuerza irresistible. Y es que resulta imposible permanecer inmune a tanta belleza: las dunas son lamidas en el beso salado y turquesa de las olas mientras el viento corteja moldeando las sabinas. Y uno desea integrarse en ese oasis sensorial con la intuición nacida del deseo panteísta. La vuelta es muy dura. Es tan fácil abstraerse en la contemplación de una puesta de sol en el interior de la bañera mediterránea mientras cerramos los ojos para no ver el rayo verde que acabaría con el misterio del amor, que perder el barco de vuelta se convierte en algo usual para el iluso que firma esta crónica. Además, la nuit de Formentera también tiene sus atractivos para quien sabe donde buscarlos. Pero eso es otra historia.

 
   
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