CARLOS GARRIDOEl faro de la Mola, más propiamente llamado
Far de Formentera, tiene una extraña
connotación literaria. Se le relaciona
directamente con Julio Verne, a pesar de
que el famoso escritor francés no lo citara
nunca. Y aunque probablemente lo contempló,
no es seguro que se inspirara en él para su
célebre novela El faro del fin del mundo.
Aun así, un monolito cercano al faro
recuerda la figura de Verne, citando su
obra Hector Servadac, en la que sólo
aparece Formentera de refilón.
Pero a
pesar de ello, esta construcción ha
terminado por adquirir un auténtico
prestigio julioverniano. Y es, a su manera,
un verdadero finisterre, un faro del fin
del mundo. Aunque en este caso el «mundo»
al que se refiere sea la Mola: una pequeña
parte de una isla, Formentera, también
pequeña.
Todo tiene sus razones. Quizás
se trate de uno de los ejemplos más claros
de una señal marítima que dialoga con el
paisaje, se integra a él, y que casi podría
decirse que lo explica.
¿Puede alguien
imaginarse ese precipicio abierto al cielo
y al mar sin el faro? ¿Puede concebirse
Formentera sin ese balcón casi metafísico
de luz y de vacío?
Cuando uno llega al
faro, la carretera parece precipitarse por
el abismo. Todo adquiere una linealidad
radical, casi furiosa. Las «tanques», las
higueras con sus palos aguantadores, las
cabras, las casas cúbicas y esenciales, los
colores jugosos en invierno y quemados
cuando hace calor. Las nubes, las gaviotas.
Y como un epicentro, un vértice cósmico de
todo aquello, la torre elegante del
faro.
Se ha estudiado poco el valor
arquitectónico de los faros. En su mayor
parte, surgieron en la segunda mitad del
siglo XIX. Y sus líneas obedecían a tres
condicionantes: en primer lugar una
adecuada visibilidad, luego una resistencia
al embate continuo de los elementos, y por
último una racionalización espacial que los
hiciera útiles para servir también de
hábitat y centro operativo.
La estética
de esos faros decimonónicos obedece
entonces a un discreto neoclasicismo, a
base de formas sencillas y armoniosas.
Ligeramente monumentales.
El Far de la
Mola de Formentera fue proyectado por el
ingeniero Emilio Pou y acabó de construirse
en 1861. Su luz se alza sobre una altura de
142 metros.
El edificio, muy simple,
sigue el modelo ya empleado en las señales
de Formentor y Cabrera: una planta cuadrada
de la que surge la torre y la linterna. Sus
únicos ornamentos son una humilde cornisa y
unos esquinales de bloques de arenisca que
destacan sobre la pared encalada. Como
muchos otros, tiene un balconcillo volado
sobre el que se levanta la luz, rematada
por un casquete metálico semiesférico.
Según escribe el que fue durante muchos
años su farero, Javier Pérez de Arévalo,
«su óptica es única en el estado español,
pues produce un espectáculo de doce rayos
luminosos que giran incansablemente como
una corona celestial».
Realmente, si
hubiera de destacar algún rasgo ciertamente
espectacular, es esa visión nocturna en la
que los ojos de luz recorren una y otra vez
la llanura de la Mola, como si tutelasen su
sueño.
Toda su fuerza simbólica, su gran
carácter, le viene precisamente de la
intensa soledad que lo rodea. Los
dramáticos derrumbes de «ses penyes», las
nubes de gaviotas graznantes ante cualquier
intruso, el retumbar de las olas. En medio
de esa romántica representación de
naturaleza y destino, el faro es como una
pequeña señal de orden, de presencia
humana, de racionalidad frente a la fuerza
sobrehumana de lo salvaje.
Precisamente
por ello, nada amenaza más a este testigo
de vientos y tormentas que la masificación,
el turismo ensuciador, la contaminación
urbana de coches y autocares. Es uno de los
mejores ejemplos de que los faros no pueden
desacralizarse sin perder su propia
personalidad. No pueden pasar de ser
templos del silencio a
chiringuito.
www.carlos-garrido.com