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  Sábado, 27 de abril de 2002 Actualizado a las 00:55
 

PATRIMONI EN TRES DIMENSIONS
La Mola: Ecos Juliovernianos


CARLOS GARRIDO

El faro de la Mola, más propiamente llamado Far de Formentera, tiene una extraña connotación literaria. Se le relaciona directamente con Julio Verne, a pesar de que el famoso escritor francés no lo citara nunca. Y aunque probablemente lo contempló, no es seguro que se inspirara en él para su célebre novela El faro del fin del mundo. Aun así, un monolito cercano al faro recuerda la figura de Verne, citando su obra Hector Servadac, en la que sólo aparece Formentera de refilón.

Pero a pesar de ello, esta construcción ha terminado por adquirir un auténtico prestigio julioverniano. Y es, a su manera, un verdadero finisterre, un faro del fin del mundo. Aunque en este caso el «mundo» al que se refiere sea la Mola: una pequeña parte de una isla, Formentera, también pequeña.

Todo tiene sus razones. Quizás se trate de uno de los ejemplos más claros de una señal marítima que dialoga con el paisaje, se integra a él, y que casi podría decirse que lo explica.

¿Puede alguien imaginarse ese precipicio abierto al cielo y al mar sin el faro? ¿Puede concebirse Formentera sin ese balcón casi metafísico de luz y de vacío?

Cuando uno llega al faro, la carretera parece precipitarse por el abismo. Todo adquiere una linealidad radical, casi furiosa. Las «tanques», las higueras con sus palos aguantadores, las cabras, las casas cúbicas y esenciales, los colores jugosos en invierno y quemados cuando hace calor. Las nubes, las gaviotas. Y como un epicentro, un vértice cósmico de todo aquello, la torre elegante del faro.

Se ha estudiado poco el valor arquitectónico de los faros. En su mayor parte, surgieron en la segunda mitad del siglo XIX. Y sus líneas obedecían a tres condicionantes: en primer lugar una adecuada visibilidad, luego una resistencia al embate continuo de los elementos, y por último una racionalización espacial que los hiciera útiles para servir también de hábitat y centro operativo.

La estética de esos faros decimonónicos obedece entonces a un discreto neoclasicismo, a base de formas sencillas y armoniosas. Ligeramente monumentales.

El Far de la Mola de Formentera fue proyectado por el ingeniero Emilio Pou y acabó de construirse en 1861. Su luz se alza sobre una altura de 142 metros.

El edificio, muy simple, sigue el modelo ya empleado en las señales de Formentor y Cabrera: una planta cuadrada de la que surge la torre y la linterna. Sus únicos ornamentos son una humilde cornisa y unos esquinales de bloques de arenisca que destacan sobre la pared encalada. Como muchos otros, tiene un balconcillo volado sobre el que se levanta la luz, rematada por un casquete metálico semiesférico.

Según escribe el que fue durante muchos años su farero, Javier Pérez de Arévalo, «su óptica es única en el estado español, pues produce un espectáculo de doce rayos luminosos que giran incansablemente como una corona celestial».

Realmente, si hubiera de destacar algún rasgo ciertamente espectacular, es esa visión nocturna en la que los ojos de luz recorren una y otra vez la llanura de la Mola, como si tutelasen su sueño.

Toda su fuerza simbólica, su gran carácter, le viene precisamente de la intensa soledad que lo rodea. Los dramáticos derrumbes de «ses penyes», las nubes de gaviotas graznantes ante cualquier intruso, el retumbar de las olas. En medio de esa romántica representación de naturaleza y destino, el faro es como una pequeña señal de orden, de presencia humana, de racionalidad frente a la fuerza sobrehumana de lo salvaje.

Precisamente por ello, nada amenaza más a este testigo de vientos y tormentas que la masificación, el turismo ensuciador, la contaminación urbana de coches y autocares. Es uno de los mejores ejemplos de que los faros no pueden desacralizarse sin perder su propia personalidad. No pueden pasar de ser templos del silencio a chiringuito.

www.carlos-garrido.com

 
   
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