Durante seis meses he ejercido como médico
en el centro de menores de Es Pinaret. No
recuerdo bien la fecha, pero hace unos
cuatro años —mi desmemoria para los
fracasos es una bendición— me echaron del
trabajo. Era por entonces coordinador del
primer y único Centro de Disminución de
Riesgos o Daños de la Comunidad. El despido
fue el cenit de un desencuentro ideológico
con el político de turno —perteneciente al
PP— que por aquel entonces decidía la
política de los toxicómanos en estas islas.
Aunque era un cese esperado, no por ello
dejó de ser brusco. A las ocho y diez de
una mañana recibí una escueta llamada
telefónica ordenándome la vuelta inmediata
al hospital. Mis esperanzas de volver a
trabajar en el campo de la marginación se
desvanecieron con los políticos del pacto.
Son gajes de vivir en la periferia, lastres
de un provincianismo chabacano. La cuestión
fue que mis desencuentros a nivel personal
con los políticos de ahora supusieron el
fin de cualquier esperanza. Por eso me
extrañó recibir el ofrecimiento de trabajar
con menores, un campo desconocido por mí
hasta entonces.
Quiero aprovechar este
artículo para dar las gracias a los
responsables por esta impagable oportunidad
de volver a trabajar con excluidos y poder
vivir una realidad, cruda y tierna, sólo
atisbada a través de la prensa. No puedo
por menos que expresar mi agradecimiento a
los educadores. Es Pinaret es un centro con
un equipo de profesionales que intenta la
utopía de conseguir el equilibrio entre la
contención y el humanitarismo, a ellos debo
agradecerles que me hayan devuelto la fe y
vuelva a creer que hay vocaciones por
encima de intereses. Pero, sobre todo, mi
agradecimiento y mi abrazo para los
chavales por lo mucho que me han dado y
enseñado.
Cuando me pidieron el
artículo pensé, ¿Por qué no intentar
plasmar la realidad de un niño encerrado? A
la manera de Camus («Debemos comprender que
no podemos escaparnos del dolor común, y
que nuestra única justificación, si hay
alguna, es hablar mientras podamos, en
nombre de los que no pueden»). El resultado
me ha deprimido un poco. La realidad de un
«niño encerrado» es un topicazo desde
Charles Dickens y lo de Oliver; y, al ir
eliminando cosas que consideraba superfluas
ha ido convirtiéndose en un relato brusco
sin la ternura necesaria que quería
transmitir. La historia es inventada. Allí,
en Es Pinaret, hay 26 historias similares.
Enrique: «En estos días el sol tacañea y
el cielo está gris, poco importa. Hace tan
sólo un par de semanas que Enrique cumplió
los dieciséis. Al fin podrá empezar a
trabajar y no tendrá que ir a clase.
Enrique odia tanto su onomástica como la
Navidad y, a tan corta edad, ya sabe de las
vidas llenas de desgracia en las que las
efemérides tan sólo sirven para hacerle
sentir más la soledad. Ha pasado más de un
mes desde que su madre fue a visitarle.
Ayer, por fin, pudieron localizarla; y
ella, como siempre, prometió acudir el día
de visita, el jueves. La rabia le inunda
desparramándose por todos sus poros.
Prefiere no verla tanto como ansia
abrazarla. Nunca la ha pegado; pero esta
vez no está muy seguro de poder contenerse.
En el fondo sabe que si viene, en cuanto
derrame unas lágrimas, volverán a fundirse
en un abrazo. Y odia la pena que va a
sentir; y sufre por sentirse débil, y por
la soledad que a los dos envuelve. No hay
más familia, ni tíos de América, ni abuelos
que cuenten cuentos, ni hermanos con los
que disputarse migajas de afecto.
Su
padre murió por una sobredosis cuando aún
no caminaba.
Ella se refugia en el bingo,
aun más, cuando está encerrado; o agarra la
botella y se emborracha. Sus pasos se
pierden por las calles del barrio chino
buscando algo de coca que llevarse a la
nariz. Cuando vaya a verle, mentirá de
nuevo. Dirá que estuvo ingresada en el
hospital, la excusa de siempre. ¡Y vendrá
puesta! Lo sabrá al mirarla, los ojos de su
madre no le mienten. Enrique ha sido
testigo de muchas peleas. Ella siempre
pierde. Todas sus parejas terminan
gritándola, o pegándola. Todos la dejan.
Está seguro de que a veces discute
simplemente porque después llora mejor.
Quiere olvidar, huir de todo. Dormir,
morir. ¡Qué más da! Dejar de estar
despierto. Tumbado en su catre adosado a la
pared, bajo la ventana, puede ver el patio
vacío. Introduce la punta de sus dedos
entre los barrotes de hierro. Su habitación
es pequeña, apenas tres pasos. No hay más
mobiliario que la cama y el pequeño cajón
que hace de mesita de noche. Mira al techo
buscando fundir los sueños con la vida. La
cárcel es un mundo de noches eternas, de
esperas de un nuevo día, exactamente igual
al otro. La cárcel es un mundo en el que se
conoce todo. En ella, los espacios no te
pertenecen, se hacen infinitos.
Opresión y vastedad. De nuevo mira al
techo. Necesita poblar el tiempo de sueños.
Escalar el muro. Cambiaron las puertas,
ahora son de madera, ya no existe la
sorpresa de una mirilla que se abre de
repente, al menos, mientras gira la llave,
le quedan unos instantes para componerse.
Ellos saben que, sin intimidad, uno se hace
igual al otro. Por eso han convertido la
cárcel en un universo sin secretos.
Es
el ultimo reducto, duro y frío. El
estercolero a los que han robado con
violencia o se han escapado de otros
centros más blandos. Su mente termina en el
muro pintado con arbolitos. Guardias y
barreras de hierro. En este mundo las risas
sólo estallan cuando alguien hace el
ridículo, como ayer mismo cuando Mario puso
una zancadilla a Guillermo y éste se dio
una hostia contra la mesa. ¡Una gran
risotada llenó la sala! Guillermo, de
bruces, lanzó un puñetazo al aire. Pero
Mario, más arrabalero, le respondió con una
patada al pecho haciéndolo rodar por el
suelo. Después enzarzaron sus cuerpos hasta
que vinieron los vigilantes y se los
llevaron esposados al hogar cuatro. Allí
les espera el catre de hormigón; sobre él,
un colchón de espuma. En Es Pinaret tampoco
se habla de la familia, Enrique sospecha
que algunos han matado a sus padres para no
tener que confesar el abandono. ¿Qué sería
la vida sin la mentira? ¿Dónde
esconderíamos las verdades que no podemos
soportar? Lleva cinco años en el centro, ha
visto cambios. Ahora hay televisión en la
sala y un radio casette que vomita
canciones de Camarón y los Chichos. Los
gitanos impusieron sus lamentos. Los
envidia, ellos tienen a su gente.
La
vida empieza detrás del muro que le
encierra. Por él se ha encaramado más de
diez veces. La última tuvo mala suerte,
cayó sobre una piedra y se hizo daño. No
estuvo mucho tiempo fuera. Su madre llamo
al juzgado y vino la policía a buscarlo. Lo
teme y la molesta. La policía lo encontró
tumbado en el sofá. La escrutó. Ella bajo
la vista avergonzada y murmuró Ayer me
distes miedo. Fue por la ketamina. Rememoró
la noche pasada, ella había salido y él
decidió deambular por las calles. Para
Enrique todos los caminos terminan en casa
de Luisa. Ella le dejó unas pastillas en
prenda para que las vendiera. Derrochó las
diez mil pesetas de ganancia en un par de
horas y se quedó con la botellita de
ketamina, nunca lo había probado. Sintió
como si un ascensor engullera su mente,
como si su cerebro viajase en montañas
rusas, un súbito ir y venir desde el
frenesí a la agonía. Sentía morir y, de
repente, un estacazo le hacía bailar y
bailar, saltar y golpear al aire. Otra vez
cerca de la muerte. Horas y horas entre el
letargo y la excitación. Sólo las drogas
detienen su mente en blanco.
A la
vuelta, la misma ceremonia de siempre.
Desnudo, en cuclillas, como si cagase,
separando las nalgas. El guardia del bigote
sonrió. No pudo contenerse. Le arreó un
puñetazo al cuello, siempre al cuello. Eran
tres. De una hostia le quitaron el piercing
de la ceja. Ahora lleva un hilo de pescar
para que no se cierren los agujeros. Cuatro
días en la celda de aislamiento. Si quieres
sobrevivir a los castigos no tienen que
doblegarte. Tienes que demostrar su
inutilidad.
No es fácil vivir bajo las
amenazas imprescindibles para que el centro
funcione; y cuanto más funciona el centro,
menos son ellos. A los cuatro días habrá
que añadirle los tres meses que
probablemente le pondrá el juez. Cuando
haya cumplido las penas por escaparse ya
estará en edad de entrar en
prisión».
Miquel Barceló es médico y
miembro del Sindicat d'Exclosos de
Mallorca.