A veces, desearías poder contemplar la
historia como una cinta de vídeo. Darle al
botón hacia delante o atrás. Visionar
secuencias a ritmo rápido. Comprender así
el sentido contínuo y sucesivo que tienen
algunos acontecimientos demasiado sueltos,
aislados, para nosotros.Tal vez así
aparecería un sentido oculto de las cosas.
Transformaciones subterráneas, ciclos que
se abren y se cierran. Y sobre todo una
visión no lineal ni matemática de la
historia. Sino algo transversal, cambiante,
repetitivo. Y muy pocas verdades
absolutas.
Ahora mismo, la polémica sobre
el nombre 'Ibiza' nos retrotrae a esa
contemplación de un pasado estático, de
libro de texto. Como si los topónimos
pudieran contratarse o despedirse por
decreto.
Los nombres tienen su propio
pasado, su dinámica interna. Y no siempre
coincide con los voluntarismos oficiales.
El historiador griego Timeo escribía:
«Después está la llamada Pitiusa, que lleva
esta denominación a causa de la multitud de
pinos que en ella crecen». Esta
denominación formaba parte de la cadena de
topónimos griegos acabados en «usa», que
recorrían el Mediterráneo de punta a punta.
Los púnicos, sin embargo, llamaron a
Eivissa y Formentera «Ybsm» o «Ibhosim»,
Islas de Bes. Es curioso que, todavía hoy,
le debamos el nombre de la isla a un remoto
y extravangante dios egipcio. En tiempos
romanos, pasó a llamarse Ebusus. Dando
origen al término «ebusitano», todavía
utilizado en la actualidad.
La
dominación musulmana cambió la toponimia
oficial, o quizás mejor la adaptó. Y al
lado de Medina Mayurka o Medina Minurka se
encontraba Medina Yabisah. De donde
proviene tanto la denominación genérica de
«Vila» como el «Ibiza» castellano y el
«Eivissa» catalán. Fundidos en algunos
documentos antiguos en la forma
«Ybiça».
La existencia de estas dos
variantes debería ser contemplada como una
riqueza, una manera de indicar la
pluralidad transformadora de los siglos.
Tan absurdo fue intentar silenciar durante
años el «Eivissa» como pretender ahora que
«Ibiza» nunca existió.
Al final, la
historia hace su propio camino. Los tiempos
toman sus decisiones al margen de los
políticos. Y cuanto más cosas se conservan,
y más se procuran armonizar, más rico
resulta el patrimonio secular de los
lugares. Los nombres no deberían de ser
nunca un problema político. Porque
representan cultura, memoria, raíz y
proyección común. Están hechos para
ponernos de acuerdo y no para separarnos.