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  Lunes, 18 de febrero de 2002 Actualizado a las 23:18
 

EIVISSA A CONTRALUZ
Los nombres de Eivissa


A veces, desearías poder contemplar la historia como una cinta de vídeo. Darle al botón hacia delante o atrás. Visionar secuencias a ritmo rápido. Comprender así el sentido contínuo y sucesivo que tienen algunos acontecimientos demasiado sueltos, aislados, para nosotros.

Tal vez así aparecería un sentido oculto de las cosas. Transformaciones subterráneas, ciclos que se abren y se cierran. Y sobre todo una visión no lineal ni matemática de la historia. Sino algo transversal, cambiante, repetitivo. Y muy pocas verdades absolutas.

Ahora mismo, la polémica sobre el nombre 'Ibiza' nos retrotrae a esa contemplación de un pasado estático, de libro de texto. Como si los topónimos pudieran contratarse o despedirse por decreto.

Los nombres tienen su propio pasado, su dinámica interna. Y no siempre coincide con los voluntarismos oficiales. El historiador griego Timeo escribía: «Después está la llamada Pitiusa, que lleva esta denominación a causa de la multitud de pinos que en ella crecen». Esta denominación formaba parte de la cadena de topónimos griegos acabados en «usa», que recorrían el Mediterráneo de punta a punta. Los púnicos, sin embargo, llamaron a Eivissa y Formentera «Ybsm» o «Ibhosim», Islas de Bes. Es curioso que, todavía hoy, le debamos el nombre de la isla a un remoto y extravangante dios egipcio. En tiempos romanos, pasó a llamarse Ebusus. Dando origen al término «ebusitano», todavía utilizado en la actualidad.

La dominación musulmana cambió la toponimia oficial, o quizás mejor la adaptó. Y al lado de Medina Mayurka o Medina Minurka se encontraba Medina Yabisah. De donde proviene tanto la denominación genérica de «Vila» como el «Ibiza» castellano y el «Eivissa» catalán. Fundidos en algunos documentos antiguos en la forma «Ybiça».

La existencia de estas dos variantes debería ser contemplada como una riqueza, una manera de indicar la pluralidad transformadora de los siglos. Tan absurdo fue intentar silenciar durante años el «Eivissa» como pretender ahora que «Ibiza» nunca existió.

Al final, la historia hace su propio camino. Los tiempos toman sus decisiones al margen de los políticos. Y cuanto más cosas se conservan, y más se procuran armonizar, más rico resulta el patrimonio secular de los lugares. Los nombres no deberían de ser nunca un problema político. Porque representan cultura, memoria, raíz y proyección común. Están hechos para ponernos de acuerdo y no para separarnos.

 
   
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