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  Miércoles, 23 de enero de 2002 Actualizado a las 23:32
 

GASPAR SABATER
«Raus»


Uno de los eslóganes preferidos por la izquierda militante era aquel de yankees go home. No llegaba a Palma portaaviones de la sexta flota que no contara con su consiguiente manifestación de protesta. Mucho más, y a ellas se sumaron luego entusiásticamente los verdes, si se trataba de un buque de propulsión nuclear. El antiamericanismo visceral de algunos ha sido pues una constante. Y aún hoy, a raíz de la intervención americana en Afganistán, se han vuelto a reproducir este tipo de protestas si bien ahora, como novedad, teñidas de un pacifismo clerical. Ocurre sin embargo que estas algaradas nunca cuentan ni han contado con mas de varios centenares de personas lo cual indica claramente que representan sólo una posición muy minoritaria en esta sociedad.

Otro de los eslóganes favoritos, en este caso por el nacionalismo rampante, ha sido el de raus, para rechazar la presencia masiva de alemanes en las islas. Esta palabra, junto a otras lindezas tipo nazis fora, ha podido verse frecuentemente escrita en muros de la part forana, alentada por un clima xenófobo propiciado por los defensores de determinadas purezas; lengua y cultura entre ellas.

Contra los yankees ya pueden piar, trinar o rebuznar cuanto les plazca que en nada van a lograr variar el rumbo de un imperio que se ha convertido hoy, finalizada la guerra fría y ganada una tercera guerra mundial que no se ha librado, en el gendarme del mundo. Ni tampoco contra los alemanes que son hoy, como nosotros mismos, ciudadanos europeos y por tanto con derecho a afincarse donde más les plazca de todo el territorio de la UE. Pero ahora, vaya por donde, resulta que la denostada presencia de alemanes en las islas se encuentra en retroceso y la realidad va a coincidir los deseos de sus detractores. Sólo que las cosas están sucediendo por unas causas sobre las que aquí no tenemos arte ni parte. Como ocurre con casi todo cuanto sucede y a remolque de lo cual nos movemos, hagan lo que hagan y digan lo que digan tanto los antiamericanos como los antigermanos.

Informaba hace unos días este diario de que una veintena de inmobiliarias alemanas radicadas en Baleares van a tener que cerrar sus puertas ante el desplome del mercado germano, al tiempo que el mercado inmobiliario en zonas turísticas, por primera vez en años, está bajando, debido a que muchas promociones, por sus elevados precios, no están encontrando comprador, confiando sólo en que el mercado británico pueda librarnos del descalabro que parece avecinarse. Las cosas están tomando, pues, unos rumbos hasta hace poco insospechados y pronto veremos cuáles van a ser sus consecuencias reales.

Lo que ha sucedido durante los últimos años, con un sector de la construcción y un mercado inmobiliario ciertamente desbocados, producía efectos distorsionantes sobre el necesario equilibrio de nuestra economía. Y se imponía probablemente buscar alguna racionalización que evitara lo que ahora parece que está a las puertas de suceder: una recesión que va a causar graves problemas a nuestra economía y de la que podemos tardar varios años en poder salir. Desde el sector publico podía haberse hecho algo a su tiempo, pero cuando se decidieron a actuar, lanzando las famosas moratorias, lo hicieron tarde y mal, y en vez de propiciar una suave desaceleración han producido una parada en seco que puede llegar a producir, en el peor de los casos, hasta cincuenta mil parados.

Inmersos, pues, en una situación, derivada de las moratorias, que ya se nos ofrecía problemática —ahí esta una mayoría de opiniones coincidentes sobre la gravedad del presente momento económico— nos cae encima la recesión del mercado alemán. Estamos, pues, ante una crisis provocada y otra sobrevenida. Quienes deseaban parar el crecimiento y denostaban a su vez la masiva presencia de compradores alemanes estarán contentos. Pero ahora habrá que afrontar ambas crisis. Y con esto parece que no habían contado. Si a ello se suma una recesión del mercado turístico, cuya evolución resulta una incógnita, los dos motores de nuestra economía, turismo y construcción, se verán afectados. A ver ahora, pues, quién torea y cómo, estos miuras.

 
   
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