|
JORDI VIDAL
Eurolandia ni con cola
Un fuerte viento oriental, aliento del dios
Jano, ha sacudido nuestros bolsillos y ha
multiplicado las odas y elegías al duro, la
rubia y los reales. Un soneto al céntimo
hemos escrito jugando al monopoly y a ser
extranjeros, todo ello aderezado con las
tristes noticias de la tierra plateada de
allende los mares y el baile de cargos
sanitarios, quítate tú, que me pongo yo.
Todos a la casa de Lázaro a resucitar, que
ahora ya tenemos transferida hasta la
gripe. Enciendo la radio por la mañana y se
despide De Santos, que se larga a Cort; por
la tarde habla nuestro San Andrés
particular con la sotana salpicada de
marginación; por la noche me duermen Los
Santos en el dial de los obispos, y sueño
que un tertuliano nos arregla la
universidad, las autopistas, la bolsa de la
compra, el alquiler de un video y las
acciones. En su tele Aznar retrasa la
actuación de los que triunfan y me pierdo
sus gallos. La última compra
en pesetas la realizan Matas y Munar, que
pagan además a un profesor de dicción para
explicar que la finca ni se llama la rasha
ni reisha, como oigo yo en emisoras
empapadas de mallorquinismo. Un día antes
de las elecciones, allí donde dona Xima
volvía locos a los Bearn, se cortará una
cinta cuatribarrada con castillitos blancos
con fondo morado y se instalarán para
siempre los burócratas de oscura oposición
y la sala de las muñecas se convertirá en
un inmenso despacho con helipuerto directo
hacia Cabrera, que un día fue isla privada,
cementerio de franceses, cuartel y ahora
basurero de pijos. Y la muerte del
hombre que más veces pegó en España, el
padre del que yo creía que era más que un
pegamento, porque era pegamento y medio, me
traslada al recortable y a ese olor a
trabajos manuales que la EGB convirtió en
pretecnología. Banda azul para el papel y
la loza —jamas supe qué era loza— y banda
roja para plástico, creo, como el nescafé,
que había también negro y rojo, o los
huevos, marrones y blancos. Si el estanco
ya había cerrado, pegaba los cromos con
pasteta de harina y agua, que lo arrugaba
todo. Y en el CIDE rellenábamos un bote de
Ebro con resina y nos pringábamos los
dedos. Pero nada como Imedio, con un
alfiler que atravesaba el capuchón —eso lo
inventaron mis hermanos— y siempre una gota
inoportuna sobre la mesa, quitada con el
jersey. Nada pudo con el pegamento
universal, sólo la adolescencia y los
cromos autoadhesivos. Ahora lo compro ya
todo pegado y bien pegado, y resina creo
que no he vuelto a ver en mi vida.
Otro que se nos ha ido —José
María Sánchez-Silva, con quien tanto leí—,
que le ha pedido al Señor volver con su
querido Marcelino.
|