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  Miércoles, 23 de enero de 2002 Actualizado a las 23:44
 

CARLOS DE ZAYAS
En esta hora del euro:¡Viva Europa!


En la hora del euro estamos sobre todo de enhorabuena el puñado de socialistas y democristianos que en los ya lejanos años sesenta, reuniéndonos en las catacumbas madrileñas de la Asociación Española de Cooperación Europea (AECE), esperábamos que la inexorable necesidad de integrarse en el proceso de unidad europea llevaría a la democratización del Régimen franquista, ya que España no podía seguir viviendo por mucho tiempo de espaldas a su entorno geográfico, económico y cultural.

Qué duda cabe que la aceptación entusiasta del euro por los ciudadanos de doce países de la Unión Europea, constituye un paso significativo en el largo camino hacia una Europa política federal o confederal. Por vez primera todos y cada uno de los 300 millones de ciudadanos europeos están percibiendo de una manera directa, inmediata y tangible que Europa comienza a ser una realidad. La llegada del euro ha sido sin embargo sólo posible porque un grupo de dirigentes, ignorando las reticencias nacionalistas de las poblaciones, ha recogido la idea inicial del proceso de unificación europea, consistente en ir creando campos o áreas de actuación común de carácter irreversible entre países que paulatinamente van dejando en el camino jirones de soberanías y orgullos nacionales.

El euro es un paso decisivo en el proceso de consolidación del modelo europeo de estado frente al modelo americano. Cada vez son más perceptibles las diferencias entre las instituciones y sociedades de uno y otro lado del Atlántico: aquí tenemos mayor cohesión social y cultural, y nuestra algo menor renta per capita está mucho mejor repartida entre las diversas capas sociales, y por si fuera poco, nuestros sistemas educativos, sanitarios y judiciales son mejores en tanto que el ciudadano común recibe las prestaciones prescindiendo de su capacidad económica. No hablemos de las instituciones políticas. Allí es preciso ser rico o gozar del apoyo de alguna gran corporación —estos días ha saltado el escándalo de Enron— para conseguir ser elegido congresista, senador, y no digamos presidente, dado que las campañas electorales se reducen a una saturación de carísimos spots televisivos. En los países de la Unión Europea las cosas afortunadamente marchan por otros derroteros aunque algunos neoliberales quisieran rebajar el nivel de los servicios públicos y de las ayudas sociales.

Con el euro en la mano consolidamos una unión comercial y monetaria, pero todavía nos falta un largo recorrido hasta conseguir cohesión como entidad política. Los siguientes pasos van a ser el espacio judicial común que constituye el gran objetivo de la actual Presidencia española, lógicamente obsesionada por la persistencia del terrorismo y la alta penetración del narcotráfico en nuestro país. Pero la unidad monetaria no se consolidará si no se consigue una armonización de las políticas económicas y tributarias y la eliminación consiguiente de los paraísos fiscales para ir acabando con la economía sumergida tan extendida en los países mediterráneos y concretamente en nuestras Islas. La segunda preocupación de la Presidencia española consiste en ir preparando el camino para la ampliación de la Unión Europea hacia los países del Este, algo que va a constituir para España una prueba de su vocación europeísta dado que tendrá que habituarse a renunciar a los fondos de cohesión y desarrollo de los que los nuevos países candidatos están más necesitados.

Los Estados Unidos, sus estamentos políticos y poderes económicos, han mostrado y siguen mostrando una gran reticencia ante el establecimiento de la unión monetaria europea, siendo corrientes allí planteamientos críticos e incluso catastrofistas respecto a un euro que tiene vocación de consolidarse como moneda de reserva —China ya está dispuesta a aceptarlo al nivel del dólar—, e incluso como instrumento comercial mundial decisivo, dado que la capacidad exportadora de la Unión Europea supera con mucho a la americana.

Pero los americanos son todavía más críticos con los hasta ahora tímidos esfuerzos europeos de conformar una política exterior y de defensa común. Con su absoluta marginación en la guerra de Afganistán, los países de la Unión Europea han tomado más conciencia de la necesidad de poder tomar y aplicar decisiones de ámbito y alcance internacional, libres de la tutela de Estados Unidos. No basta con haber acordado la creación de una fuerza de intervención rápida europea, es preciso dotarla de medios logísticos, de comunicaciones y de inteligencia propios, algo que los Estados Unidos consideran con extremado recelo y pretenden que sea la OTAN, es decir ellos, quien deba aportar estas estructuras.

La afirmación de la Unión Europea como un ejemplo de sociedades más perfectamente democráticas y equilibradas socialmente, con una proyección exterior no belicista, como réplica al hegemonismo esencialmente militar de Estados Unidos, con bases en un centenar de países, es de esperar que puede constituir el factor decisivo para enfrentarse con los auténticos retos planetarios del presente siglo: el abismo entre países ricos y pobres y el cambio climático, fenómenos ambos que no conocen fronteras y requieren un tratamiento no bélico sino económico y medioambiental.

Carlos de Zayas es presidente de Amics de la Terra y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO/EL DIA DE BALEARES.

 
   
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