En la hora del euro estamos sobre todo de
enhorabuena el puñado de socialistas y
democristianos que en los ya lejanos años
sesenta, reuniéndonos en las catacumbas
madrileñas de la Asociación Española de
Cooperación Europea (AECE), esperábamos que
la inexorable necesidad de integrarse en el
proceso de unidad europea llevaría a la
democratización del Régimen franquista, ya
que España no podía seguir viviendo por
mucho tiempo de espaldas a su entorno
geográfico, económico y cultural.Qué
duda cabe que la aceptación entusiasta del
euro por los ciudadanos de doce países de
la Unión Europea, constituye un paso
significativo en el largo camino hacia una
Europa política federal o confederal. Por
vez primera todos y cada uno de los 300
millones de ciudadanos europeos están
percibiendo de una manera directa,
inmediata y tangible que Europa comienza a
ser una realidad. La llegada del euro ha
sido sin embargo sólo posible porque un
grupo de dirigentes, ignorando las
reticencias nacionalistas de las
poblaciones, ha recogido la idea inicial
del proceso de unificación europea,
consistente en ir creando campos o áreas de
actuación común de carácter irreversible
entre países que paulatinamente van dejando
en el camino jirones de soberanías y
orgullos nacionales.
El euro es un paso
decisivo en el proceso de consolidación del
modelo europeo de estado frente al modelo
americano. Cada vez son más perceptibles
las diferencias entre las instituciones y
sociedades de uno y otro lado del
Atlántico: aquí tenemos mayor cohesión
social y cultural, y nuestra algo menor
renta per capita está mucho mejor repartida
entre las diversas capas sociales, y por si
fuera poco, nuestros sistemas educativos,
sanitarios y judiciales son mejores en
tanto que el ciudadano común recibe las
prestaciones prescindiendo de su capacidad
económica. No hablemos de las instituciones
políticas. Allí es preciso ser rico o gozar
del apoyo de alguna gran corporación —estos
días ha saltado el escándalo de Enron— para
conseguir ser elegido congresista, senador,
y no digamos presidente, dado que las
campañas electorales se reducen a una
saturación de carísimos spots televisivos.
En los países de la Unión Europea las cosas
afortunadamente marchan por otros
derroteros aunque algunos neoliberales
quisieran rebajar el nivel de los servicios
públicos y de las ayudas sociales.
Con el
euro en la mano consolidamos una unión
comercial y monetaria, pero todavía nos
falta un largo recorrido hasta conseguir
cohesión como entidad política. Los
siguientes pasos van a ser el espacio
judicial común que constituye el gran
objetivo de la actual Presidencia española,
lógicamente obsesionada por la persistencia
del terrorismo y la alta penetración del
narcotráfico en nuestro país. Pero la
unidad monetaria no se consolidará si no se
consigue una armonización de las políticas
económicas y tributarias y la eliminación
consiguiente de los paraísos fiscales para
ir acabando con la economía sumergida tan
extendida en los países mediterráneos y
concretamente en nuestras Islas. La segunda
preocupación de la Presidencia española
consiste en ir preparando el camino para la
ampliación de la Unión Europea hacia los
países del Este, algo que va a constituir
para España una prueba de su vocación
europeísta dado que tendrá que habituarse a
renunciar a los fondos de cohesión y
desarrollo de los que los nuevos países
candidatos están más necesitados.
Los
Estados Unidos, sus estamentos políticos y
poderes económicos, han mostrado y siguen
mostrando una gran reticencia ante el
establecimiento de la unión monetaria
europea, siendo corrientes allí
planteamientos críticos e incluso
catastrofistas respecto a un euro que tiene
vocación de consolidarse como moneda de
reserva —China ya está dispuesta a
aceptarlo al nivel del dólar—, e incluso
como instrumento comercial mundial
decisivo, dado que la capacidad exportadora
de la Unión Europea supera con mucho a la
americana.
Pero los americanos son
todavía más críticos con los hasta ahora
tímidos esfuerzos europeos de conformar una
política exterior y de defensa común. Con
su absoluta marginación en la guerra de
Afganistán, los países de la Unión Europea
han tomado más conciencia de la necesidad
de poder tomar y aplicar decisiones de
ámbito y alcance internacional, libres de
la tutela de Estados Unidos. No basta con
haber acordado la creación de una fuerza de
intervención rápida europea, es preciso
dotarla de medios logísticos, de
comunicaciones y de inteligencia propios,
algo que los Estados Unidos consideran con
extremado recelo y pretenden que sea la
OTAN, es decir ellos, quien deba aportar
estas estructuras.
La afirmación de la
Unión Europea como un ejemplo de sociedades
más perfectamente democráticas y
equilibradas socialmente, con una
proyección exterior no belicista, como
réplica al hegemonismo esencialmente
militar de Estados Unidos, con bases en un
centenar de países, es de esperar que puede
constituir el factor decisivo para
enfrentarse con los auténticos retos
planetarios del presente siglo: el abismo
entre países ricos y pobres y el cambio
climático, fenómenos ambos que no conocen
fronteras y requieren un tratamiento no
bélico sino económico y
medioambiental.
Carlos de Zayas es
presidente de Amics de la Terra y miembro
del Consejo Editorial de EL MUNDO/EL DIA DE
BALEARES.