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  Sábado, 5 de enero de 2002 Actualizado a las 22:53
 

ARTE
Hipersensible y vehemente Hodler

Los estados del ser, en la interpretación de la naturaleza y la figura femenina


FERDINAND HODLER.

Fundació «la Caixa», Palma.

PILAR RIBAL

La amplia exposición que reúne la obra del suizo Ferdinand Hodler (Ginebra, 1853 - Ginebra, 1918) despunta sin duda como una de las citas estrellas del circuito expositivo insular.

Ordenada en tres espacios diferenciados, es en la planta baja del edificio de la Fundació «la Caixa» donde se resumen los intereses y líneas de investigación de uno de los más destacados pintores centroeuropeos. Es ahí donde encontramos algunas de sus mejores composiciones, donde observamos claramente su predilección por la frontalidad, la simetría y la interrelación entre los personajes retratados y la naturaleza y esos típicos rasgos simbolistas que justifican su inclusión en este singular movimiento. Estableciendo analogías entre los estados de ánimo, las etapas de la vida y los ciclos naturales, Hodler confiere a sus obras esa intensidad psicológica que caracteriza sus mejores momentos. Su intensa mirada (bien visible en la serie de «autorretratos» que figuran en la muestra) se posaría con igual vehemencia en sus temas predilectos: la representación de la naturaleza, la figura femenina y la obsesión por la decadencia, la enfermedad y la muerte, que alentaron la pintura vigorosa y mística del artista y unifican su trayectoria desde la juventud hasta sus últimos trabajos.

Si bien hemos de apuntar un cierto exceso de obras de primera etapa y un alto número de pequeños formatos, bien verdad es que la talla inmensa de Hodler queda patente en una selección cuyos puntos álgidos los protagonizan cuadros como La hora sagrada III, Hartos de vivir, Esplendor lineal, Retrato de Madame Couchet-Duparc con vestido español o la serie de retratos que realizara a Valentine Godé-Darel, su segunda compañera sentimental y aquella cuyo proceso de deterioro físico causado por el cáncer ejemplifica con más solvencia su obsesión con el tema de la muerte.

Con puntos de contacto con los paisajistas suizos, así como con pintores del alma como fueron Gustav Klimt o Lovis Corinth, Hodler -que residió unos meses en Madrid durante los cuales realizó una serie de obras menores- evidencia a todos luces su inquietud, e incluso rebeldía, por el destino humano. Sus muestras de compasión, ternura o sentimentalismo, pero también de amargura, decepción o pesimismo, parecen explicar la influencia que su propia biografía, sus estados de ánimo, relaciones sentimentales, etc., tuvieron en su discurso plástico.

En este sentido, basta observar el tratamiento que otorga a la figura femenina, para comprender que Hodler fue un hombre de extrema sensibilidad. Su modo de ocupar un gran espacio central cuando pinta cuerpos y rostros de mujer denota un alto grado de dependencia emocional.

Sólo en la naturaleza hallamos un compromiso semejante. Por ello, podríamos concluir que son sus últimas pinturas dedicadas a los paisajes alpinos suizos y algunos retratos notables, las que resumen y cierran el círculo de los principales intereses de un pintor.

 
   
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