FERDINAND HODLER.Fundació «la Caixa»,
Palma.
PILAR RIBAL
La amplia exposición
que reúne la obra del suizo Ferdinand
Hodler (Ginebra, 1853 - Ginebra, 1918)
despunta sin duda como una de las citas
estrellas del circuito expositivo
insular.
Ordenada en tres espacios
diferenciados, es en la planta baja del
edificio de la Fundació «la Caixa» donde se
resumen los intereses y líneas de
investigación de uno de los más destacados
pintores centroeuropeos. Es ahí donde
encontramos algunas de sus mejores
composiciones, donde observamos claramente
su predilección por la frontalidad, la
simetría y la interrelación entre los
personajes retratados y la naturaleza y
esos típicos rasgos simbolistas que
justifican su inclusión en este singular
movimiento. Estableciendo analogías entre
los estados de ánimo, las etapas de la vida
y los ciclos naturales, Hodler confiere a
sus obras esa intensidad psicológica que
caracteriza sus mejores momentos. Su
intensa mirada (bien visible en la serie de
«autorretratos» que figuran en la muestra)
se posaría con igual vehemencia en sus
temas predilectos: la representación de la
naturaleza, la figura femenina y la
obsesión por la decadencia, la enfermedad y
la muerte, que alentaron la pintura
vigorosa y mística del artista y unifican
su trayectoria desde la juventud hasta sus
últimos trabajos.
Si bien hemos de
apuntar un cierto exceso de obras de
primera etapa y un alto número de pequeños
formatos, bien verdad es que la talla
inmensa de Hodler queda patente en una
selección cuyos puntos álgidos los
protagonizan cuadros como La hora sagrada
III, Hartos de vivir, Esplendor lineal,
Retrato de Madame Couchet-Duparc con
vestido español o la serie de retratos que
realizara a Valentine Godé-Darel, su
segunda compañera sentimental y aquella
cuyo proceso de deterioro físico causado
por el cáncer ejemplifica con más solvencia
su obsesión con el tema de la muerte.
Con
puntos de contacto con los paisajistas
suizos, así como con pintores del alma como
fueron Gustav Klimt o Lovis Corinth, Hodler
-que residió unos meses en Madrid durante
los cuales realizó una serie de obras
menores- evidencia a todos luces su
inquietud, e incluso rebeldía, por el
destino humano. Sus muestras de compasión,
ternura o sentimentalismo, pero también de
amargura, decepción o pesimismo, parecen
explicar la influencia que su propia
biografía, sus estados de ánimo, relaciones
sentimentales, etc., tuvieron en su
discurso plástico.
En este sentido, basta
observar el tratamiento que otorga a la
figura femenina, para comprender que Hodler
fue un hombre de extrema sensibilidad. Su
modo de ocupar un gran espacio central
cuando pinta cuerpos y rostros de mujer
denota un alto grado de dependencia
emocional.
Sólo en la naturaleza
hallamos un compromiso semejante. Por ello,
podríamos concluir que son sus últimas
pinturas dedicadas a los paisajes alpinos
suizos y algunos retratos notables, las que
resumen y cierran el círculo de los
principales intereses de un pintor.