PAQUITA GIMENEZPALMA.- La sencillez
compositiva, los temas universales, el ser
humano, la reflexión de la vida, de la
pintura, todo se encuentra expresado en las
obras, nada pretenciosas pero muy humanas,
de Ferdinand Hodler (Berna 1853-Ginebra
1918), el histórico artista a quien la
Fundación «la Caixa» dedica una exposición
retrospectiva que ofrece, por primera vez
en España, la oportunidad de contemplar la
obra del pintor suizo, desde mañana y hasta
el 17 de febrero de 2002.
Comisariada por
Juri Brüschweiler, la muestra reúne un
centenar de obras (óleos y dibujos)
procedentes de colecciones privadas y
museos de Suiza y Alemania, dedicando un
apartado especial a las obras que el pintor
realizó durante los ocho meses en los que
vivió en España (entre 1878 y 1879). De
esta forma se consigue obtener una visión
exhaustiva sobre la evolución de su obra,
desde el naturalismo de los primeros
tiempos hasta el simbolismo, para terminar
con obras que conectan con el expresionismo
emergente de entonces. La muestra permite
ver, además, el tratamiento que el pintor
dio a uno de sus temas más recurridos: la
figura femenina, especialmente la de
Valentine, su segunda esposa, que fue
también su fuente de
inspiración.
Reacción al
impresionismo
Y es que Ferdinand Hodler
forma parte de la generación de artistas
que, hacia 1880, reaccionaron frente al
impresionismo con una pintura sensual y
lumínica, entre los que destacaron Gustav
Klimt, Seurat y James Ensor.
Acompañados
por el director de la Fundación en las
Islas, Jaume Martorell, y el delegado
general de «la Caixa» en Baleares, Guillem
Pont Ballester, los comisarios Juri
Brüschweiler y Caroline Kesser explicaron
la lectura que debe hacerse de la muestra y
del artista.
La retrospectiva que
presenta la Fundación «la Caixa» inicia su
recorrido, según Kesser, en la planta baja
del Gran Hotel de Palma, con una serie de
obras que pretenden sintetizar el trabajo
de Hodler en el campo del simbolismo. Son
cuadros, en su mayoría, de una extraña
quietud, donde se produce la mezcla del
realismo y el misticismo característicos
del autor. A este género pertenecen títulos
como El judío errante, Emoción, El otoño y
Adoración, además de las dos composiciones
monumentales que presiden la sala: La hora
sagrada y Hartos de vivir, que se acompañan
de otras series alegóricas como El día, La
primavera y Esplendor lineal.
Es en sus
composiciones simbolistas donde el artista
se preocupa más por la representación de
los estados de ánimo del hombre que por la
idealización o la fantasía. La alegría, la
tristeza, la decepción o el cansancio de
vivir son temas recurrentes en su obra. La
luminosidad, y los colores brillantes
marcan esta época siendo la flor el símbolo
entre lo humano y el imaginario
artístico.
Algunos estudios de
bailarinas, inspirados en el período
español, breve pero lo suficientemente
intenso como para cambiar la luminosidad de
sus cuadros y alcanzar «una dulzura que
nunca antes habían captado sus telas». El
pintor se desplazó a la capital española
para estudiar las obras del Museo del
Prado, concretamente, «el Siglo de Oro
español». Durante este período Hodler
quedará impresionado por las enseñanzas de
los maestros del Prado, en concreto de
Tiziano de quien admira su manera de
representar el paisaje y, sobre todo, de
Rafael.
El recorrido se ordena
cronológicamente al acceder a la segunda
planta del Gran Hotel, donde se exhiben las
obras «del pintor artesanal» de los
primeros tiempos, cuando Hodler «se
dedicaba a pintar las vistas suizas» y,
donde figura también el primer autorretrato
del artista, una obra de 1874 donde el
creador aparece retratado en el instante en
el que jura fidelidad al arte y a la
pintura.
El paisaje será uno de los
géneros constantes en su obra, lo que le
valió la denominación de pintor de la
monumentalidad del paisaje, ya que Hodler
confiere a este género un carácter
excepcional. Lo que en principio eran
vistas realistas de la naturaleza con el
tiempo evolucionan hacia formas geométricas
de colores simbolistas que en algunos casos
llegarán a rozar la abstracción a través
del color. Puede decirse que, en el
contexto de la historia del paisaje
europeo, Hodler presenta una trayectoria
marginal y original al mismo
tiempo.
Muerte y enfermedad
La muerte y
la enfermedad son temas que también
persisten en la vida y la obra del pintor
suizo desde bien temprano, y que llegan a
sus más altas cotas con la serie de cuadros
en los que Hodler se dedica a retratar la
enfermedad que consume a su amante,
Valentine Godé-Darel. Composiciones que
relatan la agonía del dolor hacia la
muerte, sufrimiento que compartirá Hodler
junto a su amada hasta el final. El autor
cierra la serie con un retrato póstumo a la
memoria de Valentine, a la manera de un
icono bizantino al que venerar.
El
recorrido de la exposición finaliza en la
tercera planta del edificio, donde se
muestran los últimos paisajes del artista
que, en opinión de Kesser, «no son sólo la
culminación de la obra de Hodler, sino
también del paisajismo como género». No en
vano, el suizo se convirtió en uno de los
máximos exponentes europeos del paisaje. A
esta etapa pertenecen series como El lago
Léman y el Mont Blanc, en los que «sin
llegar a la abstracción -matiza Caroline
Kesser- Hodler llega al límite del
expresionismo abstracto».