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Cultura
Borges, quince años sin escribir
El 14 de junio de 1986 murió Jorge Luis Borges en Ginebra. Él había elegido esa ciudad en la que había vivido cuatro años de su adolescencia 1914 a 1918, para pasar sus últimos días. Sus restos descansan en el cementerio de Plain Palais. Los borgeanos de corazón hacen peregrinajes anuales para visitar su tumba y llevarle alguna flor amarilla. Recordar que el amarillo era el color que el poeta solía descubrir en medio del desierto de negrura de su vida de ciego. Digamos, también, que aunque Borges había nacido con una vista muy delicada, a partir de 1938 se le empezó a apagar y al entrar en la década de los cincuenta quedó convertido en invidente.
Han transcurrido quince años desde su muerte, y aunque no ha vuelto a escribir una palabra más de Borges se puede esperar hasta que vuelva a escribir, no ha habido un sólo día en el que no se haya hablado y escrito sobre él. Es tal la cantidad de seguidores y estudiosos de Borges que si miles callan otros tantos recuerdan al autor de El Aleph. Pero tal vez es erróneo decir que Borges ha dejado de escribir. O que hace quince años que no produce ni una sola frase. Continuamente se reeditan sus obras. Y, también, continuamente aparecen papeles escritos o dictados por él. Recientemente, se han descubierto unas conferencias que dictó en Estados Unidos y que son motivo de un nuevo libro. O sea que no se puede hablar de ausencia total del escritor.
Nada raro sería que dentro de poco tiempo se hallasen algunas páginas dictadas por él a su madre o a alguna de sus muchas secretarias. Páginas que hagan pensar que a los estudiosos sobre fecha de la escritura, conexiones con otros trabajos suyos etcétera, pero que también den pie a que alguien señale que Borges, a pesar de su adiós, sigue escribiendo. Y este juicio podría aplicarse a las conferencias norteamericanas. Y a los poemas de jueventud que van apareciendo tanto en Europa como por América Latina.
Aunque Borges tenía dificultad para escribir y debía dictar, era un incansable trabajador. Eso sí, no se daba prisa. Podía pasarse toda una mañana probando el valor de una sola frase. La paciencia no era de él sino de la secretaria de turno. Hacía pausas, pedía que leyeran lo dictado, se sonreía, hacía otro dictado y comparaba lo anterior con lo último hasta que finalmente optaba por alguna de las frases. Quien sabe ahora esté pensando lo que deberá dictar en un futuro próximo, ¿a quién? Ya sabrá elegir secretaria. Ella utilizando una nube como mesa. Él, sobre un cóndor domesticado y quieto. Todo un largo año para escribir una sola frase. Bella, precisa, conmovedora. Solía decir con respecto a los viajes: «no me gusta viajar, me gusta haber viajado». Posiblemente pensaría lo mismo de su dictados: «no me gusta dictar, me gusta haber dictado».
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