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  Domingo, 6 de febrero de 2000 Actualizado a las 12:25
 

Opinión
Ante un hecho bochornoso

Artículo de opinión de Román Piña Homs.



Dice mi amigo Miquel Durán, secretario General que fue del centrismo balear y hoy consejero áulico de este mismo centrismo en clave nacionalista, que últimamente me enfado muy a menudo, y me recomienda que no lo haga, que sea como él, más liberal. Y la verdad es que, siguiendo tan buen consejo, procuro ser lo más liberal que puedo, pero precisamente por serlo, me resulta imposible dejar de enfadarme ante los brotes inequívocos de intolerancia que van en aumento en nuestras islas.

Me resultaría más cómodo pasar de estos temas; hacerme a la idea de que no van conmigo, mallorquín de antes de la «Conquista». Pero lo siento. Precisamente por esta razón me resulta imposible mirar a otra parte. Lo más que puedo hacer, es contemplar a los intolerantes desde el filtro siempre refrigerante del sentido del humor. Pero vayamos a la historia de hoy. Todo surgió cuando hace un par de días me dirigí a las oficinas de la Administración Periférica del Estado, concretamente al Instituto Nacional de Estadística. Me atendió tras su mesa de trabajo un funcionario ya maduro, de unos cincuenta años, y la verdad es que, contrariamente a lo habitual en mí, formulé mi petición en castellano, seguramente por aquello de que estaba en el único organismo insular que pertenece a la Administración central.

Opté de forma instintiva, lo que se dice «por lógica de la situación», y me sorprendí al notar que se me contestaba en catalán. Esto de que preguntes en un idioma y te contesten en otro, sabiendo que el interlocutor está en condiciones de hacerlo en el tuyo, resulta en cierto modo molesto.

-Por favor- objeté de inmediato -le rogaría que me hablase en castellano-. Se negó, y ante mi reiteración, se levantó, y entonces contemplé atónito cómo se dirigía a una compañera del interior del despacho, rogándola que me atendiese, porque a él no le daba la real gana hacerlo. La señorita sustituta, me atendió todo lo bien que pudo y naturalmente en castellano. Resolvió mi petición y yo me limité a darle las gracias, no sin antes dejar de recabar el nombre del «patriota» que en uso de sus libertades constitucionales y autonómicas, no había querido atenderme. Se llama Rafel Bauçà Matas. Lo digo por si alguno de los suyos quiere imponerle una medalla.

La verdad es que el hecho me pareció insólito y desde luego bochornoso. El patriota Bauçà se ajustó a la legalidad. Cualquiera, incluso un funcionario de la administración periférica, tiene derecho a expresarse en uno u otro de los dos idiomas oficiales de nuestra Comunidad. Por consiguiente, doy por sentado de que los dos actuamos conforme a derecho, pero me pregunto hasta dónde llegará esta presión psicológica, en progresivo aumento, que rompe nuestra convivencia, nuestra pregonada solidaridad y desde luego las imprescindibles buenas formas para entendernos con un centenar largo de miles de castellano-parlantes de las islas, que son tan ciudadanos de primera como los bilingües o los que hacen uso exclusivo del catalán. El caso del patriota Bauçà es lamentable para muchos de nosotros, pero fácil de superar, puesto que siempre habrá otro funcionario de la administración que te atienda como es debido. Pero en otros supuestos, romper la dinámica convivencial del bilingüismo puede llevar, y de hecho está llevando, a lamentables perjuicios y humillaciones. No son pocos los enfermos castellano-parlantes que llegan a nuestros hospitales, y necesitando la cercanía de la enfermera o sanitario, sienten la barrera infranqueble de quienes se empeñan en tratarles en la distancia, o sea en el otro idioma de la Comunidad, que naturalmente les cuesta entender. Y son legión los niños y jóvenes estudiantes que sufren idéntica discriminación. Sin ir más lejos, hace pocos días, una trabajadora doméstica, procedente de la emigración peninsular, se me quejaba de que a su hijita, las clases, todas en catalán, se le hacían imposibles. Y lo que es más asombroso, de que la profesora no hubiese dudado en comunicarle tal precariedad expresándose precisamente en el catalán que ni ella ni su hija entendían. Aceptemos que estaba la maestra en su derecho, y además pensando que hacía patria o país, como dice el president Francesc Antich. Sin embargo algo elemental, que suena a violación de derechos humanos, fallaba o se estaba sacrificando. ¿Exagero? Lo grave es que algunos así lo piensen, y que mientras tanto este caldo de cultivo se extienda progresivamente ante la indiferencia, cuando no la complicidad, de la mayoría de dirigentes sociales de las islas. Pongamos otro caso. En un pueblo de la isla, donde, que yo sepa, desde hace más de veinte años se venía manteniendo la misa dominical en catalán y castellano, a partir de hace un par de semanas se han suprimido las misas en este último idioma. Uno se pregunta si será porque se han quedado sin castellano-parlantes, o quizás porque estos ya han dejado de ir a misa. Pero, no seamos ingenuos. ¿Acaso no sabíamos que una de las decisiones más celebradas del último Sínodo Diocesano, ha consistido en insistir en la catalanización de la liturgia y la pastoral de nuestra Iglesia mallorquina? Las cosas están así, y nos exponemos a pensar, como decía mi querido Gaspar Sabater Serra, que muchos de nuestros curas diocesanos, al batiar, en el puesto de fer cristians fan catalans. ¡Pensar que Ramon Llull, para evangelizar, no solo utilizó el catalán, sino que también aprendió el árabe, y el hebreo si hubiera sido necesario! Mientras tanto, hoy, consciente de que iba a escribir este artículo, he querido pulsar nuestra sociedad en libertad, haciendo la experiencia de hablar en castellano, en cuantos establecimientos he tenido que acceder - la conserjería de la Facultad de Derecho, una farmacia, una papelería, después una tienda de informática y por último un despacho de arquitectos - les aseguro que en ninguno he experimentado el más mínimo rechazo. ¿Por qué? Pues porque el problema o debate para erradicar el bilingüismo es ficticio. No lo ha provocado la sociedad en libertad, sino una minoría perfectamente concienciada, que ostenta el poder desde sectores neurálgicos de la administración, la clerecía o la docencia, y esto a pesar de que los partidos nacionalistas entre nosotros no cuentan ni con el veinte por ciento del electorado. ¿Se imaginan, si alguna vez alcanzasen más del cincuenta? Aún así, no son los nacionalistas los que más me preocupan. Yo he visto y oido a Maria Antonia Munar, ante nuestro Cuerpo Consular y en un centro universitario de Palma, dirigiéndose en la lengua de Antonio de Nebrija a una mayoría que sabía era castellano-parlante, después de recordarles la universalidad de su habla y la conveniencia de no arrinconar la otra lengua de nuestra Comunidad. ¿Por qué? Pues porque una cosa es ser nacionalista y otra imbécil. Uno puede hacer el paripé hablando el catalán en Madrid, donde ningún voto hay que recoger, pero difícilmente lo hará aquí en Mallorca a costa de cabrear a un hipotético electorado. De ahí que me preocupen más los partidos y políticos de obediencia estatal, por lo general acomplejados e incapaces de una política común firme y coherente. Aún recuerdo cómo, hará un mes o dos, el socialista Joan March Noguera, en un programa de debate en televisión, era preguntado en castellano por un televidente que se proclamaba socialista -la mayor parte de su electorado procede de la emigración- y el político interpelado no dudó en contestarle en catalán. Y lo que es más asombroso, ni tan siquiera le preguntó si le entendía.

Claro está que, como ya he comentado, la calle está en otra historia. A pesar de la presión psicológica, a pesar de la «discriminación activa» y de los años transcurridos de normalización lingüística, los espectáculos en catalán siguen siendo una ruina, y pongamos por caso, en los exámenes de selectividad universitaria, la mayoría del alumnado opta por utilizar el castellano. ¿Qué sucede? Pues que temo que entre nosotros, éste termine siendo el idioma de la libertad, como antes lo era el catalán, puesto que nada hay más odioso que lo impuesto por la fuerza. Lo siento por nuestras iglesias cada día más vacías, y desde luego por la Coordinadora d‘Estudiants dels Països Catalans , que en su editorial de Badalls -revista de nuestro Campus- se quejaba recientemente de que estam farts d´anar al bar i que no ens entenguin, como de que a la Facultat de Dret només un 5 per cent de les classes són en català. Habrá que pedirles paciencia. Tienen una patria difícil, sobre todo si la quieren en libertad y auténtica democracia.

 
   
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